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Silvia

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Salud Hernández-Mora

Hoy en día, ser un secuestrado de la guerrilla es una ofensa, un ser molesto del que hay que sacudirse.

Antes los utilizaban como arma arrojadiza, los exhibían por el mundo como trofeos para que difundieran la barbarie de sus captores. Incluso, nombraron a uno de ellos canciller.

Ahora son un estorbo para todos, incluida Piedad y sus famosos colombianos y colombianas, que tanto alardeaban de lo que les preocupaba su suerte. Hoy en día, ser un secuestrado de la guerrilla es una ofensa, un ser molesto del que hay que sacudirse.

Por esa razón, si Silvia Serna quiere prestar un gran servicio al país, a su grandioso futuro, debe dejar ya mismo de preguntar por su hijo. Si lo secuestraron cuando aún las Farc secuestraban, qué hacemos. Y si ahora no lo devuelven, no es por falta de voluntad de los señores subversivos, en absoluto, sino porque ya no tienen secuestrados, a ver si la mamá de Edson se entera y deja la jodienda. Su sola presencia y sus reclamos fastidian. ¿Es que aún no entiende que el país quiere la paz y que si ambos bandos están dialogando sobre lo divino y lo humano, con enorme sacrificio y desprendimiento, es para que Edson y otros muchachos vivan sin temor a la guerra? Pero si Silvia, en lugar de admirar el esfuerzo y la valentía del Presidente, que se juega nada menos que su prestigio, se empeña en aguarle la fiesta, en insistir en que quiere a su hijo con ella, pues habrá que cerrarle todas las puertas hasta que aprenda.

Parece increíble que todavía haya mucho colombiano egoísta que no es consciente de que su caso personal es insignificante ante la magnitud de la empresa que el Gobierno se trae entre manos. Cierto que aprobaron una ley de víctimas que ha gustado mucho por ahí afuera, pero no pueden andar en pequeñeces, como la que pretende esa mamá y muchas otras. A ella la indemnizarán más adelante, cuando le llegue el turno, tendrá su platica, no sufra, pero ahora debe pensar en grande, hacerse a un lado para que no se cruce en la avenida hacia el Nobel de Paz, que está, según pronosticaron este año las propias Farc, a la vuelta de la esquina.

Para quien le interese, es decir, para los despiadados e indolentes guerreristas, solo recordar que Edson Páez Serna tiene 20 años, estudiaba quinto semestre de administración de empresas en Villavicencio cuando lo secuestraron y ayudaba a sus papás en el pequeño negocio de distribución de gaseosas y cerveza. Negocio que, por cierto, vendieron para pagar los 200 millones que exigió el frente 26 de las Farc para liberar al chico. Luego les pidieron otros 300, que ya no pudieron reunir. Es hijo único y su mamá, Silvia, no se imagina una vida sin tenerlo a su lado. Es una mujer inagotable, de una serenidad asombrosa. Se está desgarrando por dentro, pero jamás pega un grito ni tampoco arroja la toalla ni agacha la cabeza por mucha bofetada que reciba de ese segmento de la sociedad que el general Mendieta llamó “los buenos” en una de sus pruebas de vida.

Lleva 15 meses y 24 días en un infierno de incertidumbre. Pero bueno, supongo que para las Farc, el Gobierno y los que marcan la opinión y hacen la ola a lo que ocurre en La Habana, su padecimiento es un precio insignificante al lado de la gloria que les espera a los negociadores de lado y lado.

Al paso que vamos, para el próximo año, propondré a la Fundación País Libre, de la que hago parte, cambiar de objetivos. En lugar de preocuparse de los secuestrados, que ayude a combatir el robo de celulares, que es un delito más llamativo y no interfiere en la política de paz de altos vuelos. No tengo la menor duda de que si Edson fuera un iPhone o un BlackBerry le pondrían más cuidado y no resultaría tan molesto.

NOTA: Lamento ser tan negativa en este final de año. A ver si el próximo me dan motivos para sumarme al optimismo gubernamental. Quién quita que el 13 termine siendo bueno.

Salud Hernández-Mora

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