Un colega conservador intentó moderar el entusiasmo que me produjo la elección del 4 de noviembre aconsejándome que disfrutara ahora del resurgimiento del liberalismo porque no va a durar sino "hasta que Obama se reúna con Chávez". Se refiere a que las realidades del imperio seguramente le impondrán serias limitaciones al alcance del pensamiento liberal y humanitario que estamos asociando con el presidente electo de Estados Unidos y que ha despertado la esperanza de que va a ofrecer lo que Paul Krugman ha llamado "un nuevo Nuevo Trato". Este pesimismo se basa en la creencia de que los gobiernos no tienen ideas sino intereses, y que lo que prima en países poderosos como Estados Unidos es esto último.
Pero esa manera de pensar ha llevado a las grandes potencias a asociarse con gobiernos de la peor ralea y a cometer grandes errores. El exceso de pragmatismo ha resultado contrario a los mismos intereses que pretende servir, así como el exceso de idealismo ha limitado el poder de intervención de los países poderosos. Ocasionalmente, los votantes les indican a sus gobiernos que no pueden comportarse en el mundo en contradicción con los principios fundamentales de su sociedad y se produce un cambio de régimen. (Tony Judt, Reappraisals. The Penguin Press, 2008, pp. 364 - 366).
En buena medida, el equipo de George Bush puso a un lado las restricciones que le impone en Estados Unidos la Constitución al gobierno. Toleró la tortura, o prácticas que se le parecen mucho, y la detención de sospechosos sin respetar derechos como el de hábeas corpus o a ser juzgados con plenas garantías. Ejecutó una política exterior que solo tuvo en cuenta el interés nacional sin dejarse distraer por ideales o consideraciones éticas. Eso y no haberles puesto rienda a los excesos de codicia en el mundo empresarial y en Wall Street son dos de las razones que pueden explicar por qué el mundo está en crisis, por qué se derrumbó la economía, por qué mordió el polvo el Partido Republicano y por qué ganó Obama con el beneplácito del mundo.
Él tiene ahora la oportunidad de inaugurar una nueva era y cambiar el paradigma. Como esta posibilidad solamente la han tenido unos pocos presidentes de Estados Unidos y como existe una aparente diferencia entre el Obama pospartidista de los albores de su campaña y el Obama "liberal", más agresivo, que se ha perfilado después de su triunfo, los intelectuales de izquierda y de derecha tratan de adivinar cuál de los dos es el verdadero; los medios conservadores le ruegan no dejarse seducir por sirenas que lo invitan a perder el miedo y a emprender profundas reformas; y las revistas de neoconservadores o The Wall Street Journal anuncian que quien ganó el 4 de noviembre pasado fue el diablo, que es liberal.
George Packer, autor de un influyente libro sobre la guerra de Irak, se burla en The New Yorker de esta semana de que ese periódico está pronosticando que los liberales van a ocupar todas las posiciones importantes, como lo hacían antes de 1970, y que ese escenario pavoroso va a dar lugar a "cobertura de salud universal, una revolución verde, una ampliación de los derechos políticos, garantías procedimentales en los juicios de presuntos terroristas, sindicatos más poderosos, regulación financiera y un desplazamiento de la carga tributaria hacia arriba en la escala de ingresos".
El artículo de Packer, que se titula 'El nuevo liberalismo', advierte que Obama va a ser pragmático y pospartidista, no va a cometer excesos regulatorios, no va a dejarse limitar por ideologías. No podrá sepultar el legado de Reagan ni revivir el Nuevo Trato. Pero su gobierno "va a tener que ver más con el bien público que con bienes privados, y el plato va a estar menos lleno pero será compartido con mayor justicia". Se va a preocupar de asegurar que existen reglas que se cumplen y de que la gente reciba un tratamiento justo. Regresa el liberalismo y comienza una era nueva.
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