Patrocinado por:

Mayo 8 de 2008

La lucha libre al borde de un volcán

Al principio de este año se tenía la sensación de que Colombia iba a toda mecha para adelante, y se preveía que el crecimiento económico de los últimos años continuaría, aunque a un ritmo más moderado. La expectativa de progreso y un mejor futuro. Hoy da tristeza el espectáculo de un país que no sabe para dónde va. "En medio de tantas divergencias tempestuosas, se tiene a veces la sensación de que por el afán de discutirlas en ambiente de gallera, el país pierde su norte y rumbo, no digamos su ecuanimidad", dice muy acertadamente Abdón Espinosa, ex ministro de Hacienda liberal. Hace falta cabeza fría pero hay un exceso de adrenalina y testosterona. El Gobierno se siente amenazado y reacciona como un gallito fino.

En Colombia ha sido frecuente que cuando las cosas marchan espectacularmente bien, siempre hay algo que impide sacarles jugo a esas coyunturas favorables, y esos obstáculos provienen generalmente de la política, por falta de previsión de los líderes, o porque prevalecen sus intereses políticos o personales sobre el bienestar de la Nación. La bonanza cafetera de los 70 no dejó mucho. Las reformas económicas de los 90 fueron desaprovechadas. A veces queda la sensación de que los políticos están dispuestos a dejar que el país se desbarate para cumplir con sus objetivos políticos. Se alegran de que a algún adversario en el poder le vaya mal porque se disparó la inflación, aumentó el desempleo, sobrevino una recesión o una crisis de balanza de pagos. El país sufre en esos episodios, pero los políticos creen que ellos les brindan oportunidades. De la misma manera, también sucede que cuando la crisis es política, como lo es ahora, no pesen como debieran las consideraciones de bienestar ciudadano y progreso económico en las decisiones y en las reacciones del Gobierno.

Pero no son solamente los políticos quienes desconocen estos factores, sino que el público también se olvida de ellos y se vuelve espectador pasivo de espectáculo de lucha libre que le brindan los políticos, sin pensar cuánto les está costando el show. Lo que no es evidente para ellos es que el sentido de la oportunidad, que es tan clave para su éxito en política y que tan bien manejan en ese campo, también es esencial para el progreso de la economía.

A los países se les pasan las oportunidades y los países pobres no pueden darse ese lujo. Por ejemplo, entre el 2002 y el 2007 se pudo haber aprovechado un mercado financiero muy líquido para haber financiado importantes proyectos de infraestructura que son indispensables para el crecimiento económico futuro. Esa oportunidad se desperdició en cháchara y por razones que no son evidentes.

Ahora ha surgido otra, que es a la vez una potencial amenaza y que tiene también una alta probabilidad de desaprovecharse. Se trata del aumento de los precios de los alimentos y de la escasez mundial de algunos de ellos. En Colombia sobran tierras y muchas de ellas están muy mal utilizadas. En algunas regiones se tienen condiciones muy similares a las de Brasil, el principal productor mundial de ciertos alimentos y de biocombustibles. Pero el Gobierno, en lugar de diseñar mecanismos que estimulen un auge sostenible de la agricultura, ha concebido estímulos y subsidios que fomentan métodos de producción y mecanismos de mercado ineficientes, pero que dan réditos políticos por los subsidios otorgados. También los da el aumento de salarios a los empleados públicos, aunque el control de la revaluación aconseja que se restrinja el gasto.

La coyuntura actual no es para estar corriendo riesgos o para dejar pasar las oportunidades, pues amenaza una crisis mundial a nivel financiero o a nivel económico. Pero en Colombia pareciera que nada de esto es importante, y que lo único que importa es que Uribe siga mandando o cómo debilitarlo, sin tener en cuenta el costo económico de la pugna. Por no tener en cuenta esos costos, se maneja todo a puñetazo limpio y no se consideran soluciones de compromiso.

Rudolf Hommes

VEA VERSIÓN COMPLETA DE ESTA NOTA