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SuscríbeteCauca: polo a tierra
Por: RUDOLF HOMMES |
Iba a escribir sobre el enfrentamiento de los indígenas del Cauca con el Ejército y las serias dificultades que tiene el Gobierno para manejar esta situación y preservar la autoridad del Estado sin oprimir y alienar aún más a una comunidad que no tiene confianza en las autoridades, ni cree que responden a sus necesidades. Sin embargo, la mayoría de los columnistas que publican sus notas el jueves se refirieron a este problema y trataron casi todos los puntos que quería tocar. Los colegas de este diario y el autor del editorial discutieron acertadamente los principales aspectos y la disyuntiva que enfrenta el Gobierno, como lo hicieron los de El Espectador.
Deseo, a pesar de ello, sumarme a los que han expresado admiración y respeto por el estoicismo y la serenidad de los miembros del Ejército que tuvieron que sufrir la embestida de la población desarmada y fueron sacados a la fuerza de sus puestos de vigilancia. Prefirieron dejarse sacar alzados y bañados en lágrimas a disparar contra la gente. Esos sí son héroes. También son admirables los indígenas, por su determinación, dignidad y el orgullo cultural que los alienta. Posiblemente se equivocan en su diagnóstico sobre la capacidad real que tienen de sacar la guerra de su territorio y en sus procedimientos, pero aspirar a vivir en paz, de acuerdo con sus costumbres y su tradición, es legítimo y merece respaldo. Ojalá los diálogos conduzcan a algo y como resultado de ellos se haga sentir el Estado en la región de ahora en adelante en toda su dimensión, y no solamente como fuerza represiva.
Este episodio de enfrentamiento de los indígenas con las autoridades se repite en cada gobierno (afortunadamente, el presidente Santos no salió a pararse en un puente con megáfono a retar a los indígenas). Y tal como lo dijo el gobernador del Cauca, es muy poco lo que hace el Gobierno por la región y por la comunidad, después de que se recobra la calma. Mal puede en esas circunstancias haberse creado confianza de la comunidad en el Gobierno.
Lo otro que es evidente es que, pese a que los adalides del nuevo centro de derecha repiten insistentemente que dejaron todo arreglado, que entregaron el país prácticamente pacificado y que Santos los ha traicionado dejando que se descomponga la seguridad, lo cierto es que los gérmenes de lo que está sucediendo vienen de atrás. El gobierno pasado, después de haber desmontado la cúpula paramilitar, no logró detener el fortalecimiento de las bandas criminales. El problema del Cauca lo dejó intacto y no pudo vencer a la guerrilla, aunque sí la debilitó, al punto que la obligó a cambiar de estrategia, con lo que sorprendió al Gobierno, y a que sus líderes tuvieran que buscar santuarios en las fronteras. Tal como lo afirma el director de la Cruz Roja en Colombia, en entrevista que apareció en este diario el domingo pasado, Colombia no ha logrado sofocar el conflicto armado ni sus autoridades han logrado imponerse en las regiones para controlar la violencia. La guerrilla no es el único problema. Quizás más importante es el del narcotráfico y el dominio territorial de las bandas criminales, que no parece estar en la mira de la Fuerza Pública.
Si se quieren enfrentar estos problemas, es necesario proceder con realismo, poniendo de lado la idea de que alguna vez estuvieron cerca de ser resueltos y admitiendo que el posconflicto es una etapa a la que todos deseamos llegar, pero que no está a punto de acontecer, ni quedaría en mejores manos si se dejara en las del autodenominado Frente Antiterrorista. Uno de los factores que inciden en contra de una solución es que la mayoría de la población, no solamente la indígena, cree que la guerra es algo que no les atañe y ojalá se la llevaran para otra parte.
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