Un paso atrás

Un paso atrás

Pasar de lo mejor a lo satisfactorio y aun a lo posible en el orden de preferencias de cada cual es lo que puede dar lugar a un acuerdo aceptable para una mayoría.

30 de octubre 2016 , 01:18 a.m.

Una manera promisoria de mirar el problema que enfrenta la sociedad colombiana es comprender que ninguno de los protagonistas puede imponerles a los demás su punto de vista, y que no existe una solución que los satisfaga a todos plenamente. Es inútil pretender que se puede llegar a un consenso. A lo que más se puede aspirar es a una solución de compromiso. En lo primero que tienen que ponerse de acuerdo es en que ese es el objetivo.

En artículos anteriores he expresado dudas de que esto es lo que desea el Centro Democrático porque personas destacadas de esa tendencia quieren hacer coincidir lo que ahora llaman “la voluntad del pueblo” con la de Álvaro Uribe, o la suya propia. Cualquier solución que no cuente con su respaldo inequívoco no cumple esa “voluntad”...

Si se pasa al dominio de lo posible y se supone que todos desean llegar a una solución, entonces se tiene que admitir que esta no va a cumplir plenamente sus aspiraciones, pero puede ser por lo menos admisible. Una aguerrida partidaria del No me dijo: “Antes del plebiscito no aceptaba nada distinto a rechazar el acuerdo de paz, pero ahora que ganó el No y se requiere llegar a un acuerdo, estoy lista a aceptar otra cosa; por ejemplo, que los líderes de las Farc salgan libres”. No todos los del No han llegado a ese nivel de cordura y de responsabilidad social, pero posiblemente pueden moverse en esa dirección los menos recalcitrantes, o los que no están usando la situación actual como plataforma presidencial.

Y las Farc, a su vez, puedan dejar de insistir en una justicia transicional hecha exactamente a su medida y aceptar otra que no las satisfaga plenamente pero que deje tranquilos a sus adversarios de que aquí no va a imperar ni la Revolución francesa ni van a guillotinar unos jueces extranjeros a vastos segmentos de la burguesía nacional por haberle hecho coqueteos a la justicia privada. Pasar de lo mejor a lo satisfactorio y aun a lo posible en el orden de preferencias de cada cual es lo que puede dar lugar a un acuerdo aceptable para una mayoría.

Pero para dar ese paso atrás y llegar colectivamente a ese nivel de cordura quizás es necesario tomar previamente otra decisión: ponernos en el lugar del adversario para entender qué lo motiva y comenzar a generar opciones que pueden ser aceptables para él. Por ejemplo, si se parte de que ‘Timochenko’ es un desalmado, no se puede admitir nada distinto a que vaya a la cárcel y se quede allí. Pero si, solamente como ejercicio mental, se acepta que para irse al monte estuvo motivado por una noble causa, o por alguna atrocidad o abuso de poder sufridos en carne propia o de su comunidad, se pueden comenzar a entretener otros desenlaces posibles y, sobre todo, entender por qué la guerrilla insiste en no ir a la cárcel.

En eso juega un papel muy relevante lo que pasó en Marquetalia y cómo figura ese episodio en el imaginario de cada cual. Para la guerrilla es el episodio heroico que dio lugar a la fundación de las Farc. Lo demás son consecuencias. Para algunos segmentos de la derecha fue un error garrafal no por haberlo emprendido, sino por haber dejado que se escaparan ‘Manuel Marulanda’ y sus compañeros. Estas visiones completamente opuestas sirven para entender reticencias y concebir soluciones.

Es hora de dejar de tratar a las Farc como bandidos y admitirlos de nuevo en la sociedad. Insistir en que una concesión en ese sentido mina nuestro sistema jurídico y las bases de la sociedad es no entender que un reconocimiento colectivo de culpa y el perdón es lo que hace falta para llegar a acuerdos. Ojalá sirva también de base para dejar, entre otros, que Andrés Felipe Arias vuelva a Colombia y para soltar a Sabas Pretelt y a Diego Palacio.

RUDOLF HOMMES

Columnistas

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