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Ricardo Silva Romero

Hemos estado viendo las columnas del Capitolio como los barrotes de una cárcel en donde 'los políticos' seguirán haciendo de las suyas.

El Capitolio Nacional, encajado en la plaza de Bolívar de Bogotá como sugiriendo un imperio que no existe, es hoy un sombrío monumento a esta verdad: que “los colombianos” creemos, queremos, necesitamos estar lejos de “los políticos”. El edificio de piedra ha simbolizado siempre, a su pesar, nuestros peores vicios. Tardó 78 años en ser construido: 71 más que el de Estados Unidos, 73 más que el de Venezuela. Y desde el 7 de agosto de 1926 hasta estos días tan largos, hospedaje de paso de los más brillantes y los más infames, ha sido un irritante recordatorio de cómo luego de miles y miles de leyes hemos conseguido beneficiar en especial a los que las sugieren y a los que las incumplen; de cómo a la hora de proteger “la propiedad” no ha habido liberales ni conservadores, sino “frentes nacionales” de terratenientes; de cómo el negocio de las drogas, esa locomotora invisible, sigue empujando a la doble moral a electores y elegidos.

Qué difícil es decir “nuestros políticos” en vez de “los políticos” frente al Capitolio. Qué difícil es –tras los peores escándalos de los veinte años pasados: del 8.000 a Yidis– reconocer que quizás estos congresistas no representen lo que somos pero sí lo que hemos permitido.

El expresidente Uribe anunció el lunes pasado, por medio de un comunicado interminable que sonó a retoma del poder y a parodia de la ultraderecha, que va a lanzarse al Senado por su propio movimiento político. Y, aun cuando en un principio su discurso revuelva el estómago, su vocación a la autocracia produzca escalofríos y su personaje recuerde que una misma generación nos ha liderado impunemente en las últimas tres décadas (“o cambiamos o nos cambian”, dijo Valencia Cossio, y ni lo uno ni lo otro), lo cierto es que su sonado regreso a la politiquería es una oportunidad inmejorable para poner en claro las cosas colombianas: por ejemplo, para no olvidar que aquí también hay “millones y millonas” de ciudadanos que prefieren la seguridad a la democracia, y para obligar a los partidos políticos a creer en algo ahora que esos votantes que desconfían de las “unidades nacionales” y “la paz” –y aquellos que juran que “castrochavismo” es una palabra– han hallado representación.

Y pido disculpas por poner tantas palabras entre comillas, pero sí que se siente esa tentación a la hora de escribir sobre Colombia.

Repito: Uribe es nuestro Chávez: Uribe es lo que pasa cuando los partidos políticos malgastan por los siglos de los siglos la esperanza de los ciudadanos. Y, ya que no hay nada tan peligroso, para una sociedad, como un falso mesías que encuentra discípulos de verdad, lo mejor que podría sucedernos es que sea cierto que el expresidente aspira a ser congresista una vez más. Que lo llamen a lista día por día. Que cuestionar sus actuaciones de igual a igual ya no sea subversivo ni sea apátrida. Y que su presencia entorpecedora nos recuerde, a los unos y a los otros, que lo que sucede dentro del Capitolio es cosa nuestra: que aquel edificio indiferente, en la calle 10 n.° 7-00, representa nuestra incredulidad, nuestra desidia.

La corrupción rampante de estos veinte años, lejos de las “justas proporciones” que soñó el expresidente Turbay, nos ha convertido en lo que los cínicos del siglo XIX solían llamar “beatos políticos”: ciudadanos desesperados que se reducen a estar del lado de los débiles y se resignan a votar por el candidato que parezca sensato, honesto, legal. Sí, hemos estado viendo las columnas del Capitolio como los barrotes de una cárcel en donde “los políticos” –los valencias, los turbayes, los uribes– seguirán haciendo de las suyas. Pero lo cierto, en un país sin partidos ni partidarios, es que allí estamos todos pagando esta condena.

Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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