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Por: RICARDO SILVA ROMERO |
En el capítulo anterior se supo toda la verdad: que los peores personajes de las tres ramas del poder, con una vileza solo atemperada por la mediocridad, habían desfigurado la Constitución para reconquistar su presunto derecho a ser los protagonistas de Colombia, a errar y errar por encima de la ley, a recibir los cientos de millones de pesos que nadie más recibe por hacer lo que le venga en gana. Todo habría quedado entre ellos, en "cosas de políticos", en "qué gran legislatura", si los espectadores no hubiéramos entendido en el último minuto -porque alguien publicó en Facebook que alguien escribió en Twitter que alguien dijo en radio- que la supuesta reforma de la justicia en realidad era una conspiración contra nosotros.
Se oyeron unos cuantos "yo les dije". Siguieron mil y un "yo no fui". El Presidente de la República, en un gesto inédito entre el patetismo y el cinismo -que honra, por fin, su pasado uribista-, se fingió "horrorizado" ante la misma reforma que su gobierno empujó desde el principio: fue, de la noche a la mañana, un pirómano haciéndose pasar por un bombero. Y los demás conspiradores conservados en el formol del poder siguieron paso por paso su ejemplo, y repitieron "fue el ministro", "yo sí entiendo la furia de la gente", "yo nunca estuve de acuerdo con esa reforma", "y yo la leí por encima", hasta volverse santos.
Ahí les dejo a su Presidente. En este capítulo, consciente de que hemos comprendido el tamaño de la ofensa y de que el fantasma de la Constitución pisoteada va a rondarlo hasta la reelección, tuvo el estómago para hacerse el héroe indignado que ha sido traicionado por la clase política de este país. La grotesca reforma de la justicia sigue siendo un hecho: no hay cómo negarla. Solo el examen de la Corte Constitucional podría hundirla dentro de la ley. Solo un referendo ciudadano podría sepultarla como debe ser. Pero haciendo malabares con las reglas, amparado por la ira del escabroso "estado de opinión" que aprendió en el uribismo, su Presidente pidió a sus congresistas que pasaran a la historia archivando la reforma cobarde como si fuera posible. Y, ante la frase "eso es prevaricato", supo responderles "yo respondo".
Y mientras tanto, en el cielo revuelto del delirio, volaron en círculo los falsos constitucionalistas. Y gritaron, desde la izquierda irreflexiva, "¡revocatoria de todas y de todos!". Y, desde la derecha peligrosa, "¡Constituyente ya!". Y, por físico miedo a los extremistas, por poco se vuelve a caer en la tentación de creer que Santos es lo único que queda: que este pirómano al menos es bombero.
Se me ocurren, por justas, porque así sabríamos bien en qué país estamos, estas escenas del próximo capítulo. Que el supuesto cadáver de la reforma, hundida a regañadientes por los temores de sus propios creadores, salga a flote medio vivo para que no se nos olvide que la historia de Colombia es el intento de pasar de la ley de la selva a la ley, para que no se nos olvide que las élites criollas siempre han respondido "¿y qué?" cuando se las cuestiona. Que después queden libres, por ley, los peores entre los peores. Que nadie dé la cara, no, que ningún Nixon de aquí le diga a ningún Frost de acá "yo defraudé al pueblo colombiano": que todos sean santos. Pero que en un giro de la trama, como nos une la aspiración de que el país legal sea el país real, como nos junta el deber de armar el rompecabezas de lo que nos ha estado pasando, y la Constitución aún nos da herramientas para revocar desmanes, tomemos aquella reforma como una llamada a vivir igual que los políticos: en campaña.
Y que entonces, para que este relato llegue por fin a alguna parte, caigamos en cuenta de que no somos sus espectadores sino sus protagonistas.


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