Réquiem
Por: RICARDO SILVA ROMERO |
Nos hemos reunido hoy aquí para decirle adiós a la Constitución de 1991. El miércoles 2 de junio del 2004 perdió completamente su equilibrio -estuvo enferma, grave- después de ser deformada por el Congreso con el deshonroso pretexto de reelegir al presidente de ese entonces. El viernes 26 de febrero del 2010 estuvo a punto de morir por la misma razón, doblegada en beneficio de aquel gobernante criado en el delirio, pero la milagrosa intervención de los magistrados de la época impidió justo a tiempo la hecatombe: ni más ni menos que una dictadura. Pobre Constitución de 1991: hace una semana, cuando apenas comenzaba a reponerse de los ataques a los que fue sometida durante la afiebrada década pasada, recibió como un disparo en el pecho una reforma rastrera que se hizo pasar por reforma de la justicia ante los ojos cerrados del país.
Pobre Constitución de 1991. Este es el momento de recordarla como fue: un texto en todo el sentido de la palabra -un tejido de voces- que escribieron los más liberales con los más conservadores, los más revolucionarios con los más reaccionarios, los más quiméricos con los más pragmáticos, empujados por la convicción inédita de que los colombianos también son seres humanos, y avivados por la esperanza de que, más allá de las violencias, las derrotas y las burradas que sumadas dan nuestra historia, todos los que vivimos en esta esquina del mundo estemos de acuerdo en que nadie está por encima ni por debajo de nadie. Pobre Constitución de todos: fue concertada por 70 delegatarios elegidos por 3'710.557 ilusos, pero hoy, por cuenta de sus inescrupulosos legisladores, le decimos adiós como a una bella promesa incumplida.
Toda obra humana es un paréntesis: resume, aclara y da paso. Y la progresista Constitución de 1991, que se negó a creer en el rumor de que en Colombia hay una sola rama del poder, que quiso dejar en claro que la política no es un privilegio más de los políticos, hasta la semana pasada fue una pausa en una democracia turbia que no ha conseguido pasar de la teoría a la práctica.
Ya no. La reforma mediocre que fue aprobada el jueves pasado, que no solo no resuelve la privación ni la impunidad ni la paralización de la justicia, sino que las celebra una por una como tradiciones criollas, nos devuelve a un país decadente protagonizado por un puñado de hombres que repiten a diestra y siniestra el lema "¿usted no sabe quién soy yo?" bajo la mirada pasmada de 46 millones de extras. "Con todo respeto", como suele decirse cuando se está a punto de estallar, lo que han hecho nuestras tres ramas del poder es repugnante: este gobierno que solo es liberal de puertas para afuera, estos jueces que no honran las luchas de sus antecesores y este congreso plagado de merlanos han reformado nuestra Constitución en beneficio propio.
Cuando dos políticos se odian tienen toda la razón. Enciendan la radio: las noticias que no nos dejan en paz -la tragedia de Luis Colmenares, la pesadilla de Sigifredo López, el empalamiento de Rosa Cely- son dramas perturbadores en los que está por verse si aquí ocurre la justicia. Pero nuestros líderes de turno, con ese descaro que viene gratis con el desprestigio, han despreciado aquel anhelo de equidad para concentrarse en una torpe reforma a su medida que les concede inmunidades, les aumenta sus períodos como a cualquier uribe y los rescata de las investigaciones que los tenían contra la pared. De paso, hace polvo esta Constitución garantista que se atrevió a declarar que el país estaba cansado de ser un monopolio.
Estamos aquí para decirle adiós a esta Constitución. Pero como es nuestra, y faltan un par de pasos antes de que aquella reforma vil acabe de robarle el espíritu, quizás aún podamos restaurarla.
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