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Mujica

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Yo quiero el Presidente de Uruguay. Yo quiero un Presidente que sea lo que dice. Que deje en paz. Que legalice. Que no tenga cara para decirles a los pobres que los índices de la pobreza han mejorado. Que no niegue su pasado. Que no se maquille. Que a los 77 años descubra que sigue siendo un niño que habla demasiado: "un nabo". Que vaya al trabajo en un Volkswagen modelo 87 porque "lo que importa de un carro es que me lleve". Que ni se haga el frentero ni se haga el diplomático. Que sea serio. Que sea cierto. Que en vez de quedarse atrapado en los rancios vicios que rondan a tantos políticos -cómo ponerse en escena, cómo cebar a los demás poderosos sin que se acabe la comida, cómo simular la democracia- tenga el valor de pararse frente a los demás líderes de este pobre planeta, en Río, a recordarles en voz alta lo elemental: que no se gobiernan cosas sino vidas.

Yo quiero un presidente como el Presidente de Uruguay: un tipo como el viejo Pepe Mujica.

Nació en 1935. Creció en los márgenes de un mundo mal hecho. Y en los sesenta confundió la solidaridad con el comunismo -igual que tantos- hasta convertirse en este exguerrillero que sobrevivió a seis balazos, pasó 15 años en la cárcel como un rehén de la dictadura y regresó del infierno a la política con la noticia de que venimos a la Tierra a barrer la puerta de nuestra pequeña casa para que al final el barrio quede limpio. Fue diputado, senador, ministro. Y hoy, elegido por 1'105.262 personas para la tarea de ser un ejemplo, metido en el oficio de montar un capitalismo al servicio de todos, vive en una chacra a veinte minutos de Montevideo, dona a obras sociales 11.250 de los 12.500 dólares que gana "porque otros uruguayos viven con mucho menos" y se atreve a repetir y a repetir que todo el mundo es pobre cuando el sentido de la vida es el consumo.

El expresidente Julio María Sanguinetti lo llamó "un viejo guerrillero que habla vulgar". Pero lo vulgar -decía Billy Wilder- está más cerca de la vida. Y, en un planeta enroscado en sus ficciones en el que pocos entienden por qué los días se van "y pague cuotas y pague cuotas", volver a pronunciar lo elemental es un paso adelante.

El gobierno sin fin de Hugo Chávez -sumado a estas sangrientas guerrillas que en verdad son carteles de traficantes- ha avivado la paranoia de toda una generación derechosa que a estas alturas de la historia sigue cazando comunistas. Pero Pepe Mujica, un hombre de izquierda que sabe que el mundo cambia cuando nadie está mirando, y que los unos y los otros tardamos mucho en entender que en el fondo buscamos lo mismo (llegar sanos y salvos a la casa), se atreve a recordarnos que no hay crisis económica sino crisis política, que cada año ganamos menos y menos dinero "y cuando uno se da cuenta es un viejo reumático como yo y se le fue la vida", y que ha tomado la decisión de legalizar la droga antes que el planeta, pues ni los adictos deben ser tratados como criminales ni los traficantes pueden seguir regulándonos los días.

Todo está dado para que en nombre de todos, y porque "alguien tiene que ser el primero", el viejo Pepe Mujica corra el riesgo de convertir el sentido común en programa de gobierno: quiera Dios que este ateo pruebe, en su gobernable país de 3'251.526 habitantes, que las leyes del mercado sí son capaces de derrotar la violencia aplastante que trae el negocio de las drogas. Yo, pase lo que pase, quiero un Presidente así en el 2014. Yo no confío en el falso evangelista de ahora ni mucho menos en el falso mesías de antes. Yo voto por un Presidente que sí tenga el valor de dedicarse a lo obvio: a la salud, la educación y la justicia. Que pueda decir "yo meto la pata pero no tengo precio". Que sea de verdad. Que esté de paso.

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