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La voz de Monseñor Córdoba da un poquito de miedo. Una periodista tan grave que parece tonta le pregunta: "Padre: ¿usted qué opina de que le devuelvan a aquel hombre homosexual, el periodista norteamericano Chandler Burr, los dos niños colombianos que adoptó en febrero?". Y "el sacerdote que no sabía callar", representante del empolvado episcopado del país, deja en el aire un reguero de oraciones alarmantes con esa cadencia perversa con la que ciertos curas acarician las palabras: dice "yo no juzgo a este señor por su tendencia"; "quizás tenga su inclinación homosexual pero sea una persona madura que controla sus pulsiones"; "me preocupa que a esas edades, 13 y 9 años, los dos jovencitos puedan ser atractivos para él": y las frases de Monseñor dan un poquito de asco.

El ICBF, que solo en este 2011 se ha hecho cargo de 832 niños abandonados por sus padres, que protege a 45.000 de los 711.000 niños que se han perdido en los interminables infiernos de Colombia, ha tenido el descaro de acusar al señor Burr de "ocultar su orientación sexual" como si alguien tuviera derecho a conocerla: como si, a estas alturas del horror, el Instituto no hubiera entendido ya que las familias no son un hecho sino un logro. Y el nefasto Procurador Ordóñez, que aparece como un superhéroe "allí donde su moral se vea amenazada" pero que en verdad es el villano de la historia, se ha atrevido a impugnar el proceso de adopción con la convicción de que los hijos de Burr están corriendo el riesgo de contagiarse de homosexualismo: Ordóñez ha emprendido en vano, se sabe, una cruzada delirante hacia la presidencia.

Pero las destempladas declaraciones de Monseñor Córdoba, cuya voz, como la de tantos curas, persigue sin éxito los acentos de la bondad, no solo producen escalofríos, sino que recuerdan por qué la Iglesia católica está viviendo semejante crisis: por qué diablos ha perdido cientos de miles de fieles en los últimos treinta años.

Porque no ha sido aliada de los individuos sino cómplice de sus problemas. Porque su verdadera búsqueda no ha sido la compasión sino el apaciguamiento. Ha jugado el juego de hablarle duro al mundo en una lengua que no puede nombrar los males contemporáneos. Y desde el Vaticano, una multinacional tan sórdida e intocable como la Fifa que gasta casi toda su energía en preservar el prestigio de la marca de la cruz, le ha dedicado al oficio ingrato de borrar las huellas de los pedófilos el tiempo que tendría que haberle dedicado al dolor de sus adeptos: y nada podrá reparar a esos miles de niños del mundo -35.000 irlandeses, 10.000 gringos, 10.000 holandeses- que fueron violados por un puñado de curas que no controlaban sus pulsiones.

La Iglesia sigue teniendo personas extraordinarias en sus confesionarios, sí. Y sí, sigue teniendo en sus manos las riendas de millones de vidas. Pero a punta de monseñores sordos, atrapada en una puesta en escena que excluye a todos aquellos que "yo no juzgo", se ha visto obligada a encarar la deserción de sus seguidores como otro banco con pésima atención al cliente.

El martes pasado treinta personas que alguna vez fueron bautizadas se reunieron frente a la sede del Arzobispado de Madrid, armadas con sus dignas cartas de renuncia, para "dejar constancia de nuestro deseo de no pertenecer más a la Iglesia católica". Querían liberarse de una institución que solo cuenta con ellos para sus estadísticas. Querían recordarse a sí mismos, según confesaron, que no hay nadie más cerca ni más lejos de Dios, que cada quien tiene derecho a su propia navidad y cada quien renace cada año rodeado por la familia que se ha ido ganando en la vida: felices fiestas, Chandler Burr, que ningún dueño de la moral se atreva a quitarle a sus hijos.

www.ricardosilvaromero.com

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