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Inocentes

Por: |

Ricardo Silva Romero

Vivir es ir detrás de cierto consuelo. Y el consuelo de una sociedad -y, de paso, el fin del morbo- es 'la justicia'. Que eso sea lo que nos llegue, a los Colmenares y a todos, el año que viene.

Yo no creo que sea solo eso. Yo no creo que el caso que ha sobrevivido a todas las noticias de este año, el absorbente caso Colmenares, sea solo una tramposa historia creada por y para el morbo del pueblo colombiano. Suele pensarse que, ya que se alimentan, como buitres, de los reveses de fortuna de “la gente”, las páginas judiciales de los periódicos no son más que carnadas puestas por ahí para que vayan cayendo uno por uno los lectores. Pero el caso Colmenares, que en efecto ha sido explotado “porque un buen ser humano no se vara”, hace mucho dejó de ser un simple anzuelo picado por los espectadores: dejó de ser esa noche de brujas a la que aquel muchacho no sobrevivió –dejó de ser la trama macabra de los disfraces infernales, del cañito abismal, del cadáver invisible, de las cámaras inútiles, de los testigos borrosos– para convertirse en una historia que leída entre líneas retrata la justicia colombiana: ese camino brumoso que nadie sabe a ciencia cierta a dónde va a dar.

Paréntesis: antes de volver acá, al hecho de que hemos esperado la resolución del caso Colmenares como si de ese veredicto dependiera nuestra endeble fe en este país en el que solo respetamos el semáforo en verde (“si un día se conoce la verdad, Dios existe”), debo decir que leo los periódicos tan pronto aparecen por debajo de la puerta. Y que ha estado pasando que en estos doce meses de noticias he estado sacando de las primeras planas historias de injusticias de una sola línea –no es tan extraño como suena: si uno lo piensa con cuidado, las grandes narraciones no son más que la puesta en escena de un sujeto que trata de sobrevivir a un predicado–, y he estado anotando esas nuevas infamias con la esperanza de que un día alguien que no sea yo las narre desde el comienzo hasta el final.

Yo no sé a qué horas podrán contarse semejantes tramas. Yo no sé si alguna vez sabremos qué pasó con los “santos inocentes” de las últimas infamias colombianas. Pero una legión de periodistas de los buenos tendrán que narrar, uno por uno, los destinos nebulosos de los perseguidos: ¿pagará sola un cohecho la delirante Yidis Medina?, ¿qué será del exsecuestrado Sigifredo López?, ¿cómo llevará la jueza que condenó por primera vez al coronel Plazas Vega, María Stella Jara, la infame denuncia por abandono de su hijo que la Procuraduría presentó en su contra apenas se vio obligada a salir del país?, ¿y las víctimas del sistema de salud que presentó El Espectador hace unas semanas: Susana Curico y el hijo de Paola Montañés y la niña de María Elsa Pesca, qué será?

Cierro paréntesis: “El que ataca la seguridad de un solo ciudadano –respondió el valiente Nariño a una amenaza velada del cínico Santander– ataca la seguridad pública, porque la sociedad se compone de unidades, y como hoy se hace con un hombre, mañana se hará con otro”. “Aquel que salva una vida salva al mundo entero”, puede leerse en el Talmud. “¡Yo soy Espartaco!”, gritan los esclavos de la película de Stanley Kubrick, uno por uno, porque se niegan a entregar a su amigo a los poderosos que lo están buscando: si él se va, entonces se van todos. Yo soy él, yo soy ella. Yo apoyo al papá de Colmenares. Yo apoyo a la mamá. No puedo creer que a él lo multen por protestar airadamente. Y pienso, con ella, que algún día tendrá que conocerse la tras escena de la pesadilla. Yo me pregunto si el próximo año por fin sabremos cómo fue la muerte de ese muchacho. Y sé que seguiré pendiente de aquella sentencia porque “como hoy se hace con un hombre, mañana se hará con otro”.

Vivir es ir detrás de cierto consuelo. Y el consuelo de una sociedad –y, de paso, el fin del morbo– es “la justicia”. Que eso sea lo que nos llegue, a los Colmenares y a todos, el año que viene.

www.ricardosilvaromero.com

 

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