Impunidad
Por: RICARDO SILVA ROMERO | 6:16 p.m. | 07 de Julio del 2011
Si Colombia se acabara hoy, como se acaban ciertos negocios basados en la explotación, podríamos decir que fue un país que pasó sus páginas sin haberlas leído. Tiene quién le redacte leyes razonables. Tiene quién la narre. Pero, quizás porque aquí no queda tiempo ni dinero ni paz ni tierra para vivir, todas esas palabras llegan a muy pocos. Nuestras normas van bien hasta que llegan a "comuníquese y cúmplase". Nuestros relatos se pierden en el camino como si los narradores no hablaran la lengua del auditorio. Y sin embargo hay que insistir. 'Impunidad', el devastador documental sobre las glorias y las miserias de la Ley de Justicia y Paz que se presentó hace unas semanas en Bogotá, se resiste a que desconozcamos las dimensiones del horror: solo en la primera escena una mujer dice que, cuando su hermano de 12 años fue torturado y decapitado porque sí, "yo cargué el cuerpo y mi mamá llevó la cabeza".
En Colombia todo se cuenta, sugiere 'Impunidad', pero al final nada se sabe. Quizás, para que todo se sepa, haya que ir caso por caso. Sí, publicamos las estadísticas de la barbarie de estas décadas, 30.500 homicidios, 1.000 masacres, 2.500 desapariciones, pero debemos contar la historia reciente de Colombia tragedia por tragedia, cadáver por cadáver, pues no es posible sentir compasión por una cifra. Denunciamos la corrupción. Damos las noticias. Hacemos las crónicas. Escribimos las novelas. Filmamos las películas.
Pero debemos narrar más, de más maneras, para que más personas se enteren de todo: sin encogernos de hombros porque "no hay nada por hacer", sin acusar recibo de censuras veladas como "la gente está cansada de tantas historias de violencia" o "el periodista no puede ser idiota útil del terrorismo", sin caer en la tentación de aliarnos, entre el miedo y la fascinación, con los dueños del país.
Si es cierto, como dicen los psiquiatras, que solo se puede declarar sano quien logra relatar su propia historia, entonces está enferma la nación que no es capaz de narrar lo que ha vivido.
'Impunidad' articula, para que no pasemos otra página sin haberla leído, lo que nos sucedió antes y después de la promulgación de la Ley de Justicia y Paz: el odio que la guerrilla se ganó a puro pulso; la toma del territorio a sangre y fuego a cargo de los ejércitos privados de algunos líderes regionales; la desmovilización de 32.000 paramilitares a cambio de confesiones que aún no llegan; los 28 parlamentarios detenidos por su parentesco con las bandas ilegales; la sorpresiva extradición a Estados Unidos de los trece cabecillas que lo sabían todo; las 936 familias que hicieron la fila para recibir los restos de los suyos, y el momento en el que el sanguinario "alias H.H.", cansado de un país en el que "la deshonra no es que se descuartice sino que se denuncie a un político", pronuncia la frase "Colombia no está preparada para saber la verdad".
Siempre le ha costado saberla. El 28 de enero de 1849 se publicó en Bogotá el primer ejemplar de un periódico satírico, El Alacrán, que denunciaba la corrupción de las élites y hacía temblar a los poderosos con el discurso de la igualdad: sus editores fueron amenazados, demandados y encarcelados dos días después. La censura es, 162 años más tarde, mucho más sofisticada: es esta sensación de que, en un país ensordecido, contar la verdad resulta inútil. No, no lo es. Ver 'Impunidad', por ejemplo, es despertarse un poco más: cada una de sus secuencias grita que de nada sirven las leyes progresistas si el progreso no es la meta, que un hecho no es un hecho hasta que no se relata, que nunca hay que bajar la guardia en la reconstrucción de nuestra historia.
Uno termina de verla con la sensación de que en un futuro todo este horror será el pasado.
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