Farsa
Por: RICARDO SILVA ROMERO | 1:45 p.m. | 18 de Agosto del 2011
Yo no vuelvo a esperar ni a sufrir los partidos de Colombia, como otro niño en el borde de la silla, hasta que nuestro fútbol deje de ser la finca de los gamonales de siempre. Sé más que nunca, por cuenta de los últimos sucesos, que este equipo no me representa. Sé que ponerse la camiseta que se ponen tantos, desde el astuto presidente Santos hasta los comentaristas ladinos que viven de vender esperanzas, es lavarle la imagen a un negocio semejante a la trata de personas, absolver a una "familia" que mira de reojo al que pregunte por su relación con las mafias, disfrazarse de ciudadano de un país alegre que aplaza el horror para mañana.
Y no, yo no les juego más el juego de "aquí no pasa nada si hay partido" a los pocos dueños del balón: no le juego más a la Federación Colombiana de Fútbol, un imperio privado alimentado de tanto en tanto con recursos públicos, ese juego en el que todos ponemos, pero ellos son los únicos que ganan.
Si cayera otra vez en el viacrucis de las eliminatorias, si me dejara nublar de nuevo por este amor por el deporte, estaría encogiéndome de hombros frente a un desastre que ha cumplido impune sus tres primeras décadas.
A Colombia la ha empobrecido el dinero en estos años. Y su fútbol ha sido fiel reflejo de una decadencia que no toca fondo. Hemos tenido a la mano las tumbas para comprobar que acá no ha habido Dios ni ley: una fila de dirigentes, jugadores e hinchas asesinados desde 1984. Y tras ser testigos del estallido, en pleno mundial de 1994, de la burbuja triunfalista de aquella selección patrocinada por todos, se nos acaba de ir una generación en la costumbre de seguir en vivo y en directo los fracasos de un equipo mediocre hecho de buenos futbolistas. Y sin embargo nos ha quedado grande pasar la página: la Federación, como el país, sigue en manos de los mismos tipos frenteros que pocas veces dicen la verdad.
Chile logró democratizar su fútbol, convertir sus clubes en sociedades anónimas y, de la mano de un técnico extranjero que no sirvió a los negocios de nadie, armar una selección que dio la batalla en el mundial de Sudáfrica. Colombia, en cambio, atrapada en su delirio por siempre y para siempre, no ha tenido un gobierno que ponga las cosas en su sitio: a pesar de los esfuerzos de la asociación de futbolistas que dirige el valiente Carlos González Puche, y de la ley que Santos promulgó el pasado 14 de mayo en otro de sus intentos inciertos de sacarnos del Medioevo, parecemos condenados a un torneo nacional con espíritu de lucha de clanes, a unos jugadores resignados a su suerte y a unos dirigentes turbios que temen que la profesionalización del fútbol les arruine el negocio familiar.
Colombia no va a estar en el próximo mundial: su selección no es seria, ni como equipo ni como empresa. Sus dirigentes celebrarán cuando la Fifa, una multinacional tan escalofriante como el Vaticano, les dé las gracias por el éxito del torneo Sub-20.
Las investigaciones a ciertos equipos de la liga se quedarán en veremos "para no afectar la imagen del deporte nacional". Las peligrosas pataletas del director técnico -que sólo da resultados en las páginas judiciales- pronto serán olvidadas. La nefasta Federación que engendró al entrenador seguirá pidiéndonos unión alrededor del grupo, con sus ínfulas de país real, pero exigiéndonos que no nos metamos en sus negocios. Sabe bien que, antes de que la sociedad entera le saque la tarjeta roja, volverán a los televisores los partidos de las eliminatorias. Y que entonces todos, desde el Gobierno hasta la prensa, se subirán de nuevo al tren de esa victoria que nunca va a llegar.
En fin. Que cada quien haga lo que mejor le parezca: que así sea. Pero yo no sigo haciendo parte de esta farsa.





