#AyMarikita
Por: RICARDO SILVA ROMERO |
Ricardo Silva Romero
Yo no metería en prisión a ninguno de los 40 principales. Yo les daría la cabina por cárcel. Yo los condenaría a envejecer en una emisora juvenil.
Y todo porque en Twitter -donde se está expuesto a la bondad de los extraños- ha sido publicada esta sentencia inverosímil: "Reporta ya mismo al #AyMarikita de tu oficina, de tu colegio, de tu barrio o de tu familia". En un principio parece un angustioso mensaje del procurador Ordóñez, siempre alerta: pues en El nuevo derecho, su remoto tratado apocalíptico, este político que encarna las tres marchitas ramas del poder consigue suponer que del matrimonio homosexual al matrimonio zoofílico hay solo un paso. Todo indica, más tarde, que se trata de un chiste políticamente incorrecto, que algún genio salvaje está parodiando la amanerada ansiedad de la homofobia. Pero no es eso, no, es simple matoneo: Colombia sigue siendo un colegio de hombres. Es una petición delirante que suele hacer, mañana por mañana, un rastrero programa juvenil de la emisora Las 40 Principales.
Así es. Los oyentes denuncian con nombre y apellido "a un amigo al que le gusta mirar a los manes" o "a un compañero que le ofende esta sección". Y al aire, trastornados por las risas pregrabadas, los locutores gritan y vuelven a gritar "¡ay, mariquita!".
Así es. Así era. Porque no hay nada oculto bajo las redes sociales. Porque en los tiempos de Twitter cualquier frase en falso puede volverse una bola de letras. Y, poco después de que el programa echa a andar por Internet aquella invitación de tiempos peores, la emisora se ve obligada a acabar su juego con las palabras "no fomentamos la discriminación", la comunidad LGBTI, ante la evidencia de que aún se educa para la exclusión, se ve obligada a declarar su cansada indignación, y la Fiscalía se ve obligada a abrirle investigación penal a Los 40 Principales "por el delito de instigación al odio". Tendría que haber humor en el proceso, porque la corrección política puede ser una mordaza y en el auditorio de la libertad de expresión hay que aprender a oír lo que no se quiere oír, pero ese "reporta ya mismo..." no ha sonado a mala educación sino a violencia: a lista negra. Y se habla de cárcel para los locutores.
Hay un capítulo de Seinfeld, la magistral comedia de televisión, en el que los dos protagonistas se la pasan haciendo todo lo que pueden para aclarar que no son homosexuales, pero cada vez que lo demuestran, conscientes de que el mundo está mirando, repiten la frase "aunque no tendría nada de malo". Da ataque de risa, porque describe un mundo en el que todo es raro y nada es raro pero se sigue hablando de normalidad, porque parodia una sociedad solo para hombres que ha incorporado la frase "ellos también tienen sus derechos" con la esperanza de creérsela, porque de broma en broma se pregunta si ser humano es buen negocio, si algún día seremos capaces de dejar en paz la vida de los otros: si tendremos el cuero para que un tipo se case con un tipo, un enfermo prefiera morir o una mujer no quiera ser madre.
Yo no metería a la cárcel a ningún locutor por gritar "ay, mariquita" aun cuando lo grite con K. Sí, ha sido otra temporada infame para los homosexuales: dos concejales barranquilleros los han declarado "anormales malditos" y un homófobo ilustrado les ha advertido en El Espectador que sus derechos terminan donde comienzan los de los heterosexuales. Da náuseas, sí. Pero el fanatismo no puede seguir siendo la lengua universal. Y el humor, que iguala, que pone las cosas en su sitio, que es omnipotente, omnipresente y omnisciente (y, como requiere competencia y compasión, no se parece en nada a la tontería inepta de aquel programa de radio), es de lejos la mejor respuesta.
Yo no metería en prisión a ninguno de los 40 principales. Yo les daría la cabina por cárcel. Yo los condenaría a envejecer en una emisora juvenil. Y los sentenciaría a ser normales.
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