Voz
Por: RICARDO SILVA ROMERO |
"Que la gente se insulte para que no se mate".
Es una fábula ejemplar. Podría ser una película de vaqueros porque cuenta la historia de una sociedad sin Dios ni ley que está lejos de aprender que matar es matarse. El protagonista es el arrogante exministro conservador Fernando Londoño. 67 años. Mirada fija. Palabras gangosas. Londoño es el hijo de un senador caldense que la prensa llama "el primer secuestrado del país". Todo parece indicar que por siempre y para siempre seguirá siendo el profesor de derecho que lamenta la Constitución de 1991, el periodista acusado de obtener 145 millones de acciones de forma indebida, el redundante general del uribismo -una peligrosa asociación de víctimas de la guerrilla- que por "usar abusivamente su autoridad" fue destituido e inhabilitado por 15 años para ocupar cargos públicos.
Pero en la mañana del martes 15 de mayo, en el momento justo en el que se dispone a celebrar una buena noticia de su hijo, sufre un atentado infame que es un atentado a todos. Dos de sus escoltas, Ricardo Rodríguez y Rosenberg Burbano, dan la vida en un segundo. Y Londoño vuelve de la muerte, entre los gritos y la sangre y una voz que le pide "no se entregue", con la sensación de que Dios le ha dado una segunda oportunidad por algo y para algo.
Colombia queda en suspenso. Todo está dado, una vez más, para que esta sociedad se resigne a que su respuesta a la violencia sea la violencia. Un par de pasajeros del bus llegan a la conclusión de que "hermano: tocó mano dura", un militar retirado propone "remover al presidente" en un e-mail delirante, un taxista nos cuenta, a mi papá y a mí, que la otra noche soñó que Uribe le gritaba "¡comunista!" por recoger a Santos en el aeropuerto, y la señora de la mesa de al lado me confiesa que la serie sobre Escobar le ha hecho sentir que dentro de poco van a volver "los días de las bombas". Los admirables hijos de Londoño piden, en Semana, un país sensato "en el que podamos detestarnos en paz". Pero él regresa igual que siempre, en CM&, en Caracol, en El Espectador, con el mismo monólogo incendiario de esos patriotas escalofriantes que tienen las manos limpias de tanto lavárselas.
Que tenga su voz. Que diga lo que quiera. Que opine en EL TIEMPO lo que le venga en gana. Que defienda las chuzadas del DAS, que repita hasta el cansancio "¡Santos no pudo!: ¡ahí vienen las Farc!", y llame a Álvaro Uribe, el mezquino, "un hombre providencial". Que muera de viejo ejerciendo ese catolicismo capaz de cualquier cosa, ese colombianísimo don de sentirse decente sin embargo, ese derechismo mitómano que se llena de nostalgia por aquellos imperios que han contenido el terror en todos los sentidos.
Que siga siendo idéntico a sí mismo. Porque esta es una fábula ejemplar. Y eso significa que la segunda oportunidad no es para el que la protagoniza, sino para el que la lee. Londoño está vivo de milagro para que quede claro que no es necesario matarse, que es posible detestar en paz, que ha llegado el momento de que esta sociedad de caníbales se sacuda su curioso temor infantil a no estar de acuerdo, a gritarse, a confrontarse. La fábula tiene tantas moralejas como espectadores, sí: he oído en buses y taxis y sitios lecciones como "favor recordar que todos somos hijos", "el único mandamiento de la ley de Dios es no matar", "cada cual debe estar a la altura de su suerte", "acá hay que mirar a ambos lados, a la izquierda y a la derecha, antes de cruzar la calle".
Pero la que más me gusta es esa: que el país no se va acabar -todo lo contrario- si las voces agudas se enfrentan a las graves, si los unos se hieren a los otros a punta de palabras, si, por ejemplo, Santos y Uribe se desconocen de frente. No me parece un mal primer paso: que la gente se insulte para que no se mate.
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