Urnas

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No son los electores, sino los políticos los que han estado subiéndose al bus de lo que está pasando

11 de mayo 2018 , 12:00 a.m.

No sé qué pasó. Pero hubo un momento de esta campaña presidencial en el que me salí de la película. Pudo ser todo al tiempo: el futuro tan viejo que han pintado los sondeos; el exceso de debates, de propaganda sucia, de amenazas de muerte, de palabrería populista; el callejón sin salida en el que se metieron los candidatos que le convenían más al país que yo querría; el empeño de los lagartos liberales en convertir al mejor aspirante que han tenido en años, el estupendo Humberto de la Calle, en uno de esos grandes hombres que tendrían que haber sido presidentes; el tonito de estadistas —mejor: de “profes” en el tercer tiempo del partido— de algunos analistas que, ahora que ya pasó todo, sabían que todo esto iba a pasar; las sofisticadas defensas de las refundaciones de la patria y las tiranías y los ataques a la prensa: internet lo aguanta todo.

Sea como fuere, hubo un momento, al comienzo de marzo, en que me salí de la película. Sigo rezándoles a los electores por la suerte de mis candidatos: De la Calle o Fajardo. Sigo asomándome a esas malditas encuestas que recrudecen la realidad —pues la describen pero también la crean— a ver qué hago el 27. No ha dejado de darme risa nerviosa la campaña. No ha dejado de preocuparme que esto finja seguir siendo un pulso entre unos cuantos señores feudales y unos cuantos teóricos de la conspiración. Pero, libre del drama, libre de la certeza de que el país se va a acabar si mi voto pierde de nuevo, libre del pavor enquistado en el estómago que sentí en el 2010 y en el 2014, me ha parecido claro que las campañas propagan la mentira de que los grandes cambios culturales vendrán de los políticos.

Me alivia la evidencia de que al lado de ese país ha estado creciendo otro que, sin importar quién sea el presidente, está empeñado en recobrar su humanidad.

No es así. Si cuatro de los cinco candidatos a la presidencia que quedan en pie, luego de una campaña eterna plagada de salidas en falso de reality, están jurando por Dios que son feministas de verdad, ecologistas de los que dan la vida por la vida, soldados de la lucha LGBTI, críticos acérrimos de la dictadura venezolana, patronos del acuerdo de paz que se firmó para acabar con al menos uno de nuestros pretextos para la guerra, protectores de una educación que conduzca a la equidad de una vez por todas y defensores de la democracia consagrada en la Constitución de 1991, es porque durante estos meses han estado recogiendo lo que está sucediendo en la cultura: no son los electores, sino los políticos, que vienen y van, los que han estado subiéndose al bus de lo que está pasando.

Ha dicho el padre De Roux que la recién instalada Comisión de la Verdad, que él preside, recogerá lo que sucedió en estas décadas de violencia “sin importar quién sea el presidente”. Ha dicho que reunir las verdades del conflicto no debe acrecentar “el propósito de destruirnos los unos a los otros”, sino devolvernos la dignidad, la ciudadanía, la cultura de la vida. Yo no temo a un gobierno entorpecido e improvisado e incumplido de Petro, ni temo a una tecnocracia uribista —un gobierno oxímoron en el ojo del huracán de la violencia— encarnado por Duque, porque ninguno de los dos punteros de las encuestas podrá hacer con esta democracia coja lo que quiera, sino que le temo a esa cultura capaz de trivializar un acuerdo de paz e incapaz de dejar atrás el encono sordo de los tiempos de campaña.

Temo a esta cultura empeliculada que se resiste a reconocer las verdades de sus guerras, a comprender el voto ajeno sin desprecio, a reconocer que —repito— la esperanza de los unos es el miedo de los otros.

Pero me alivia la evidencia de que al lado de ese país ha estado creciendo otro que, sin importar quién sea el presidente, está empeñado en recobrar su humanidad, su estremecimiento ante la barbarie, su repugnancia a ir a las urnas entre la violencia.

RICARDO SILVA ROMERO
- www.ricardosilvaromero.com

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