Sensacionalismo

Sensacionalismo

Este año bisiesto también ha conseguido que empiece a darse esa democracia pero sin las leyes, esa proclamación de derechos pero sin los deberes, que es el mundo de las redes.

15 de diciembre 2016 , 07:11 p.m.

Siento mucho que este comienzo parezca el viejo comercial de Dolorán, pero ¿es usted un adicto a la ira?, ¿no soporta más este periodismo tímido que se niega a reconocer que un día seremos Venezuela?, ¿está harto de estos calculadores medios del establecimiento que conspiran con los poderosos en pequeños cuartos en la penumbra?, ¿cansado de esta curaduría de las noticias que le huele a censura?, ¿de la información lenta pero verificada?, ¿de la verdad?: entonces siga enterándose del mundo a través de esos portales de internet carroñeros e iracundos, ¡45.678 views!, que a duras penas revisan lo que publican; siga siendo testigo de cómo la propaganda sucia se eleva a la categoría de prensa nacional; siga viendo Noticias RCN como si fuera la única fuente en Colombia que no le perteneciera a un grupo económico con modos de imperio.

Siga pensando que no es una valentonada ni una necedad ni una mezquindad de tiempos de redes sociales, sino una intrepidez tipo Woodward y Bernstein eso de viajar 9.260 kilómetros –de Bogotá a Oslo– a preguntarle a Santos “Señor Presidente, ¿qué les dice usted a sus oponentes, especialmente al expresidente Uribe, que han dicho que el premio Nobel de Paz se compró por intereses petroleros de Noruega?”. Siga creyendo que aquella pregunta, ideada por un grupo de corresponsales educados en la inclemencia de las redes, no tomó por sorpresa a los sobrios noruegos por lo infantil sino por lo incómoda. Siga sintiendo que es de reporteros corajudos, que sí llevan la contraria, filtrar la grabación en la que el presidente colombiano regaña como un padrastro decepcionado y cansino a la periodista que formuló el interrogante.

Este año bisiesto en el que se ha castigado nuestro triunfalismo frente al pasado –este año devastador que aún no acaba: avanza en el Congreso, como una marcha fúnebre, el referendo contra la adopción gay– también ha conseguido que empiece a darse en demasiados lugares de la sociedad esa democracia pero sin las leyes, esa proclamación de derechos pero sin los deberes, que es el mundo de las redes. Simplemente, pasamos de no tener voz a no tener cómo callarnos, y perdimos el juicio. Y confundimos la crítica con la humillación y la denuncia con la calumnia y la envidia con la justicia y la agudeza con la violencia y la seriedad con el antagonismo. Y pegamos nuestro grito de independencia, que es un alivio para nadie más, como los periodistas que viajaron a Oslo a propagar la sordidez “made in Colombia”.

Hubiera querido verlos preguntándole a Uribe qué opinaba del rumor de que compró su reelección.

Había tantas preguntas incómodas para hacer: si el plebiscito fue un acto de soberbia; si volvería a decir que “el Presidente tiene la facultad de hacer la pregunta que le dé la gana”; si el “no” al acuerdo creció como maleza entre la falta de liderazgo del Gobierno; si desde el comienzo del proceso se debieron incorporar las ideas de ciertos sectores de ese “no” que no le pertenecen a la derecha ni a la locura; qué personas faltaron en la lista de agradecimientos del discurso del merecido premio Nobel; qué pasaría si la Corte Constitucional no avalaba la implementación de los acuerdos como olvidando que el desarme de las Farc no es más ni es menos que un pacto político; cómo defender a los defensores de los derechos humanos de la repugnante costumbre de matarlos.

Pero no: “¿qué les dice usted a sus oponentes, especialmente al expresidente Uribe, que han dicho que el premio Nobel de Paz se compró...?”.

Siento mucho que el final suene a regaño de padrastro, pero una mente tiene que haberse habituado a la bajeza de este barrio y al delirio de estas redes para haber hecho esa pregunta allá en el mundo.


Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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