Repugnancia

Repugnancia

Someter a la mujer dejó de ser legal, en fin, pero siguió siendo normal: la vida privada.

20 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

Cuántas mujeres han sido acosadas sexualmente alguna vez por algún hombre: todas. El caso del omnipresente productor Harvey Weinstein, que ya ha sido retratado como un abusador por 49 actrices de Hollywood, ha terminado en una campaña de redes sociales que ha conseguido detener el mundo para que sea claro que la violencia contra las mujeres ha sido una costumbre y un régimen.

“Si has sido acosada o agredida sexualmente, escribe ‘yo también’ como respuesta a este tuit”, escribió Alyssa Milano el domingo en la tarde. Y el resultado es una cadena estremecedora e infinita de “yo también”. Y es una estadística escalofriante: 100 por ciento. Y es una manera de plantársele a esa ola de vengadores envalentonados que desde el año bisiesto andan reclamando tolerancia con la intolerancia: con el abuso del poder.

Este debería ser un tema de la próxima campaña presidencial: esta cultura violenta que señorea, que avasalla a la mitad del país como encadenando a una minoría. Desde la Constitución de 1991, que puso fin, en el papel, a la discriminación contra la mujer –que hasta entonces a duras penas podía votar, administrar sus bienes e ir a la universidad–, se han expedido leyes importantes y se han proferido sentencias cruciales que retiñen que las colombianas pasaron de ser sujetos de protección a ser sujetos autónomos. Pero este Estado en guerra sigue siendo el mejor ejemplo de que, por palabra, obra y omisión, el camino de la norma a la cultura puede ser eterno. Y en los últimos diez años diez mil universitarias, más o menos, han denunciado el acoso de sus profesores. Y en los últimos cinco 875.437 mujeres fueron víctimas de violencia sexual.

Este debería ser un tema de la próxima campaña presidencial: esta cultura violenta que señorea, que avasalla a la mitad del país como encadenando a una minoría

Someter a la mujer dejó de ser legal, en fin, pero siguió siendo normal: la vida privada. El hombre es el animal que puede irse llenando de violencia, el animal que puede irse volviendo un depredador a la vista de todos, pero su logro en el mundo tendría que ser no serlo. Qué hay que hacer. Qué falta. Yo he tenido mucha suerte: me dedico a decir lo que siento para que no se me vuelva violencia, no tuve un papá que hablara por mi mamá ni tengo una mamá que se aguante una sola injusticia, estoy casado con mi ejemplo y nuestro hijo no le dice a nuestra hija “brava” sino “señora presidente” cuando ella frunce el ceño. Pero, a pesar de esas ventajas, fue hasta esta semana que me pareció claro que no basta con procurar no ser un macho: que es vital que no esté solo en manos de ellas notar a quien se regodee en serlo.

“Yo también” tengo, a los 42, visión limitada: nadie me ha gritado atrocidades por la calle cuando he ido solo, y entonces he vuelto a la casa sin caer en cuenta y he vivido resignado a la lógica de los machistas y he dejado la solidaridad y la empatía para mañana y he aceptado que todo termine en esos testimonios urgentes que tantos leen como gajes del oficio de ser mujer y me ha faltado ser más que un parodiador de esa violencia. He usado las gafas de Elizabeth Castillo, de Mónica Roa, de Cristina Villarreal, para sobreponerme a esta miopía magna. He escuchado a Jineth Bedoya y he visto Las igualadas y he revisado los libros de Susana y Elvira para entender y participar sin caer en la trampa de darle voz a una voz. Pero sé que saberlo no es practicarlo.

Para un hombre, creo, es cuestión de perderles el miedo a los riesgos que trae el tema: a la vergüenza y a la responsabilidad, claro, pero también a los vigilantes que no consiguen creer en este feminismo torpe de los hombres.

Ya es 2017, sí, ya es el futuro, pero el presidente de Estados Unidos es un viejo que presume de matonear a las mujeres. Y aquí sigue ocurriendo una masacre: 731 feminicidios el año pasado. Y lo normal tiene que ser la repugnancia.

RICARDO SILVA ROMERO
- www.ricardosilvaromero.com

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