Pulso

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Nuestra democracia quebradiza no está de nuevo a las puertas de una dictadura soterrada.

29 de junio 2018 , 12:00 a.m.

Vida es sinónimo de incertidumbre. Hubo un momento, al final del siglo XX, en el que se llegó a creer que el progresismo era irreversible en todo el mundo: en Colombia, que no es de otro planeta, se dio por hecho que la Constitución de 1991 por fin abriría paso al destierro de la violencia política, al reconocimiento de los pueblos negados por la historia, a la tutela de los derechos de todos, a la profundización de las libertades. Faltaban, sin embargo, veinticinco años más de narcos, de ‘paras’, de Farc. Y una derecha brutal liderada por Uribe, y engordada por un país amedrentado y traumatizado y hastiado de estas guerras de todos contra todos, se tomó el poder como escriturándose esta tierra, pero, aun cuando testeó la idea de un “pueblo” superior a sus leyes, acató el fallo que le impidió a su jefe seguirse reeligiendo.

La historia no se repite, pero sí se parodia a sí misma: el exuribista Santos, en un giro dramático muy colombiano, se jugó su presidencia por el país de la Constitución de 1991, pero, como ni las milicias ilegales, ni las guerras de las drogas ni las heridas de estas décadas se han cerrado aunque se hable de ellas en pasado –“los tiempos en que mataban líderes sociales...”–, la derecha uribista supo vaticinar el apocalipsis en su camino de regreso al poder. Pienso, no obstante, que nuestra democracia quebradiza no está de nuevo a las puertas de una dictadura soterrada. Luego de leer 'Sobre la tiranía', el libro que Timothy Snyder escribió ante el ascenso de Trump, me parece claro que estamos viviendo un nuevo pulso entre ese progresismo “irreversible” y esa derecha “eterna” perdida en su idea de tradición.

Estamos viviendo un nuevo pulso entre ese progresismo “irreversible” y esa derecha “eterna” perdida en su idea de tradición.

Hay que ser un político de mirada torva –y vivir de la violencia y ser incapaz de la verdad– para uniformar, para reducir, para estigmatizar, tanto a los ocho millones que votaron por los unos como a los diez millones que votaron por los otros: esta nueva e innegable tensión entre el progresismo y el tradicionalismo no tiene por qué ser otro paso en falso de la historia de Colombia.

Sí, después de las guerras mundiales, después de la caída del comunismo, llegó a asumirse que el destino de la humanidad era librarse de esos megalómanos capaces de hacer lo que les venga en gana con el país que los engendra: librarse de Putin, de Maduro, de Trump. Sí, el pensamiento de manada, el desprecio de las instituciones, el deseo del unanimismo, el empeño de desprestigiar a los medios y el desinterés creciente por los hechos, que hemos visto esta semana aquí en Colombia, son –en el aterrado ensayo de Snyder– señales de que una democracia está en peligro. Y sí, fue verosímil, pero también fue grotesco, que el Centro Democrático de Uribe diera un portazo a la ONU y se empeñara en modificar dos articulitos de la JEP en contravía de las promesas de la Constitución y de los deseos de la cúpula militar.

Pero, siguiendo la lógica de 'Sobre la tiranía', puede ser que este sea el momento de comprender –como resignándonos, por fin, a la ley– que ni el progresismo va a derrotar al tradicionalismo, ni el tradicionalismo va a someter al progresismo. Todo sería menos infernal aquí en Colombia si compartiéramos la vocación a conocer la verdad del conflicto, el rechazo a la violencia venga de donde venga y sea contra el que sea, el vacío en el estómago que se siente cuando es asesinado otro líder social que iba a ser asesinado, la certeza de que los acuerdos de paz que hemos logrado han sido para que nadie más haga política a la fuerza. Pero quizás seamos capaces, por lo pronto, de asumir que no hay que temer, ni hay que condenar, ni hay que perdonar a la oposición que se da lejos de las armas. Y que no es poca cosa compartir la incertidumbre.

RICARDO SILVA ROMERO
- www.ricardosilvaromero.com

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