Mentiras

Mentiras

Un penoso deliz puede servir para saber cuáles líderes del 'no', y cuáles no, están interesados de verdad en sacar adelante un acuerdo centrado en las víctimas.

14 de octubre 2016 , 12:28 p.m.

Qué será de la vida del chivo expiatorio Juan Carlos Vélez Uribe. Poco se sabe de él desde que sin querer queriendo confesó en el diario La República que la campaña del “no” del Centro Democrático –una de las campañas del “no”: la que él gerenciaba– se la jugó toda por engañar a sus electores como despreciándolos, como condenándolos a las tinieblas. De inmediato fue regañado, sermoneado y sacrificado en público por su propio padre político: el expresidente Uribe Vélez. Renunció al día siguiente a su partido en un comunicado urgido: “Me equivoqué”, “no calculé el alcance de mis palabras”, “ofrezco disculpas a todos aquellos que apoyaron el ‘no’ e hicieron de la convicción su única estrategia”, escribió. Luego desapareció: repitió el deseo de que el Premio Nobel sirviera para lograr una paz de todos, y desapareció.

Y todo para que su Centro Democrático –solo un partido de derecha se llama a sí mismo “democrático”– pudiera seguir portándose como si su campaña no hubiera sido una trampa, como si no se hubieran ganado la responsabilidad de proponer enmiendas razonables al acuerdo de paz con las Farc, sino la reivindicación de una ideología dentro de una ideología: el uribismo.

Vélez Uribe, de 51, fue concejal, senador, candidato a la alcaldía de Medellín, pero sobre todo fue uribista. “En las regiones ha habido un gran rechazo a la decisión de la Corte”, “Uribe no se muere el 7 de agosto”, “el país lo va a presionar para que sea una especie de papá del próximo presidente”, dijo a La silla vacía a principios del 2010, convertido ya en portavoz del fenómeno populista, cuando aquella sentencia de la Corte Constitucional impidió por poco la segunda reelección de su jefe. Desde entonces, Vélez Uribe emprendió el patético camino para convertirse en el siguiente Uribe Vélez: y si hubo un discípulo amado en el partido alguna vez –y así fue la extraña confesión que le ha valido una denuncia penal– ese discípulo fue él.

Y ahora se ha quedado solo, solo como un loco o un lapidado o un mitómano, para que sus copartidarios sigan posando de estadistas que están protegiendo a la democracia de esos “acuerdos dañinos”.

Pero para qué puede servirle a Colombia su patriotismo involuntario, su penoso desliz en las páginas de La República, su descache: puede servir para tener claro que la idea del comité uribista por el “no” no era solo defender ese país feudal de unos pocos que ha defendido siempre, sino, sobre todo, enrarecer a punta de propaganda sucia lo que falta de este Gobierno rodeado de políticos flojos, de lagartos; puede servir para reconocer que hemos logrado ir de aquella extrema derecha soterrada que impedía los procesos de paz a punta de ejércitos propios –hemos conseguido pasar de aquellas fuerzas oscuras, sí– a una derecha que empantana los acuerdos con mentiras; puede servir para saber cuáles líderes del “no”, y cuáles no, están interesados de verdad en sacar adelante un acuerdo centrado en las víctimas.

Ciertos críticos del acuerdo de paz, Andrés Pastrana, Marta Lucía Ramírez y Francisco Santos, por poner tres ejemplos, saben dónde están parados después de la victoria del “no”: en un punto de nuestra Historia en el que las guerrillas están sometiéndose al fin a esta democracia que sí que ha sido una lucha; en una marcha que reclama un acuerdo ya. Pero al cierre de esta edición el uribismo, que no asistió a la plenaria del Congreso con las víctimas, seguía confundiendo el Centro Democrático con el centro del acuerdo, renegociar con proteger lo suyo y restituir las tierras con ofender a Uribe Vélez, esa especie de papá de hijos ajenos. Y al cierre de esta edición el rechazado Vélez Uribe seguía pareciendo el único saboteador que gritó “castrochavismo”.
Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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