Intolerancia

Intolerancia

Lo que faltaba: una insólita marcha contra la tolerancia. Pero tenía que pasarnos un día, porque podrá decirse lo que sea de Colombia, pero no que aquí no pase lo monstruoso, lo impensable.

11 de agosto 2016 , 06:25 p.m.

Era lo que faltaba, sí: una insólita marcha contra la tolerancia. Pero tenía que pasarnos un día, claro, porque podrá decirse lo que sea de Colombia, pero no que aquí no pase lo monstruoso, lo impensable. Un, dos, un, dos: ahí vienen los vengadores de la familia tradicional que solo existe en sus cabezas; vienen los coleccionistas de señales del fin del mundo hechos a creer en “castrochavismos” o “colonizaciones homosexuales” con tal de confirmar que desde hace un par de siglos se cuece a fuego lento una conspiración judeo-masónica contra los valores católicos; vienen los patronos de las buenas costumbres que, como curas perversos, dan la vida por sus malos hábitos: por el racismo, por el clasismo, por el machismo, por la homofobia que han sido sus ases en la manga, y su patrimonio.

Pero sobre todo vienen los políticos carroñeros e incendiarios de la oposición, de Ordóñez a Rangel, que no van a perderse una sola oportunidad de enrarecerlo todo: de valerse de cualquier pretexto –por ejemplo: de la orientación sexual de la ministra de Educación Gina Parody, por Dios– para convertir el absurdo plebiscito por la paz en la sentencia de muerte del Gobierno: “si Gina Parody no renuncia votamos no en el plebiscito”, dice, en la marcha, uno de los pocos estandartes publicables.

Nadie va a convencer a nadie a estas alturas. Dígale usted a un fundamentalista criollo que libra su guerra santa allá en su orilla de la zanja de Colombia que el Ministerio de Educación solo busca lo mínimo: frenar la discriminación en los colegios. Y verá que los quijotes siniestros insistirán en que votar “no” a los acuerdos de paz es votar “sí” a la paz; los curas que denuncian la “ideología de género” morirán defendiendo sus jerarquías de puertas para afuera, y los reaccionarios plantarán pruebas falsas, como las falsas cartillas pornográficas del Ministerio, para llevar al paredón a inocentes que cometen el pecado de no ser como ellos –hoy Colombia es, en fin, un solo tema: esta incapacidad para convivir–, pero la solución no es gritar más duro que ellos, sino acudir a la ley.

Dice Isaac, en Manhattan, que a los nazis nostálgicos que marchan por la supremacía de su raza no hay que satirizarlos sino encararlos con un bate, pero lo cierto es que entre irreconciliables –ah, el cielo de los políticos: sí versus no– un buen punto en común es la obligación de cumplir la ley. Nadie va a volverse homosexual si no lo es, nadie va a entregarles el país a las Farc, pero por estos días pocos leen antes de disparar. Que los hay, los hay: senadores que piden colegios para gais, anónimos a sueldo que, porque defiendo esta obviedad de creer en todas las familias, me gritan “lesbiana” como un insulto o “maduro” en su acepción de “dictador”, y padres que juzgan por su condición: que creen que la homosexualidad se aprende porque a ellos les enseñaron a odiarla.

Pero la salida no es graduarlos de enemigos, que el infierno de la polarización es, repito, el paraíso de los políticos infames, sino oírlos camino a la ley.

Qué dice la ley 1482 de 2011: que es un delito “impedir el pleno ejercicio de los derechos de las personas por razón de su raza, nacionalidad, sexo u orientación sexual”. Qué dice la sentencia T-478 de 2015 de la Corte Constitucional: que el Ministerio de Educación debe “implementar la educación para el ejercicio de los derechos humanos –en particular el derecho a la identidad sexual– e incorporarlos de manera expresa en los proyectos educativos de todos los colegios del país”. Mis hijos no tienen prejuicios ni enemigos porque nadie se los ha enseñado en esta familia de raros, pero que el padre que no esté de acuerdo conmigo les enseñe a los suyos, por lo menos, a respetar la ley.

Ricardo Silva Romerowww.ricardosilvaromero.com

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