Indulto

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Perdonar a Fujimori es una mueca propia de la batalla que está perdiendo el mundo de ahora.

29 de diciembre 2017 , 12:14 p.m.

No fue paradójico, sino revelador, que este año en el que cayeron tantos abusadores del poder, tantos machos, terminara con la imagen de un viejo dictador perdonado.

“Fujimori” ya no es un nombre comercial sino un genérico, ya no es sólo el apellido del exmandatario del Perú, sino un escalofriante sinónimo de “tirano”. Pero el presidente peruano Pedro Pablo Kuczynski –recién rescatado de la destitución, por el caso de Odebrecht, gracias a los votos de congresistas fujimoristas y antifujimoristas– en plena Nochebuena se permitió indultar “por motivos humanitarios” a aquel déspota que estaba pagando una histórica condena de veinticinco años “por homicidio calificado, secuestro agravado y lesiones graves”: por las masacres de Barrio Alto y de La Cantuta y por los raptos del periodista Gorriti y el empresario Dyer.

Vino entonces el video patético en el que el expresidente Fujimori, desde una cama en la Unidad de Cuidados Intensivos de la Clínica Centenario, da las gracias tanto a Kuczynski como al pueblo: “Soy consciente de que los resultados durante mi Gobierno de una parte fueron bien recibidos –declara–, pero reconozco por otro lado que he defraudado también a otros compatriotas: a ellos les pido perdón de todo corazón”. Y fue decepcionante e importante constatar que las novelas de dictador y las repúblicas bananeras y los clichés suramericanos siguen con vida: en Cuidados Intensivos quizás, pero a salvo. Quedaron confirmados los estereotipos, sí: 2017, el año en el que Trump devolvió a los norteamericanos al estado de gringos y Maduro encarnó al dictador de bigotes, terminó con el aval de Kuczynski a la opresión y el populismo.

Y con la demostración de que Latinoamérica sigue habitada por demasiados señores y señoras que aún están convencidos de que –tal como decían los insensatos cuando yo era niño– “aquí lo que se necesita es una dictadura suave”.

Fue decepcionante e importante constatar que las novelas de dictador y las repúblicas bananeras y los clichés suramericanos siguen con vida: en Cuidados Intensivos quizás, pero a salvo.

Resulta típica la reacción de nuestros políticos ombliguistas: al cierre de esta edición seguían siendo poquísimos los líderes colombianos que habían condenado la jugada vergonzosa de Kuczynski –absolver a un tirano, ni más ni menos– para escapársele a las investigaciones por corrupción. Hubo comparaciones inevitables con lo que pasó en Colombia de 2002 a 2010. Hubo salidas en falso al estilo de “atacan el perdón a Fujimori pero respaldan la libertad de las Farc”. Hubo memes. Pero quedó la sensación de que los gobernantes están condenados a la indignidad y los gobernados a ser espectadores del desastre. Sí, en un mundo que sigue siendo el infierno no es fácil creer en la justicia. Y más si los poderosos también se portan como sus estereotipos: con ese desprecio por la ley y ese empeño en aferrarse a tronos de segunda mano.

Perdonar a Fujimori no es la gran paradoja del año de la caída de los matones, sino una mueca propia de la batalla que está perdiendo el mundo de ahora. De 1990 a 2000, cuando la barbarie parecía superada y se creía que El señor presidente y El otoño del patriarca no eran ya novelas sobre nuestro presente, Fujimori desempolvó las estrategias inescrupulosas a las que han acudido los populistas de derecha –el odio, la ira, el nacionalismo, la guerra contra el terrorismo, el miedo a que el comunismo se tome el paraíso, la denuncia de los demás políticos corruptos– para que el pueblo empobrecido por la corrupción y hastiado de sus líderes y enardecido por las inequidades les entregue la cabeza de la democracia en bandeja de plata. Fujimori montó un Estado criminal que fue castigado de modo ejemplar. Que Kuczynski lo perdone es lo que pasa en el infierno.

Pues es así como suele empezar el horror: son los políticos hipotecados los que dan respiración artificial a los tiranos.

RICARDO SILVA ROMERO
- www.ricardosilvaromero.com

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