Hillary

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Es el momento preciso para que el mundo de ahora vea gobernar en los Estados Unidos a una exprimera dama, que defiende sin rodeos los derechos de las mujeres, de las personas LGBT, de los inmigrantes.

04 de noviembre 2016 , 12:36 p.m.

Esta es mi humilde plegaria para que Hillary Clinton sea presidente de los Estados Unidos. Significaría, primero, que no hemos quedado en las burdas pero astutas manos del populista Donald Trump. Querría decir que el peligroso cansancio de los electores, que cada tanto sueñan despiertos con la llegada de un ángel exterminador que pruebe que todos los políticos son hampones –y que en el mundo no hay diplomacia ni hay democracia, sino una conspiración de los pocos dueños de todo–, no le ha concedido semejante capricho a ese candidato “republicano” que es el punto más bajo en la historia de las elecciones norteamericanas: el hijo misógino de un agente de bienes raíces empeñado en criar “ganadores”, el discípulo racista del rastrero cazador de comunistas Roy Cohn, la celebridad patética dispuesta a ser su propia parodia con tal de hacer dinero.

Se le critica a Hillary Clinton “ser una mujer tan ambiciosa”; taparle las infidelidades a un marido que es más bien su socio en una empresa despiadada e impune que lleva su apellido; estar cumpliendo treinta años de hacer política para nada, y, en un giro dramático que prueba que el temible FBI ha escogido candidato, poner en riesgo la seguridad nacional desde su correo electrónico personal cuando fue la cabeza de la diplomacia norteamericana. Se critica a Hillary Clinton, en fin, desde cierto machismo taimado que sabe hacerse pasar por objetividad, pero también se le ataca desde el peligroso punto de vista del narciso Donald Trump: desde ese peligroso “peor malo conocido que malo por conocer” que cree estar castigando a “los políticos”, pero en verdad está condenando a sus sociedades, a sus democracias.

Quizás millones de personas en el mundo entero, que en el mundo entero millones no tienen el tiempo sino apenas para pensar en lo suyo, estén cansándose de la demandante democracia. Quizás las elecciones del próximo martes sean entre una mujer compleja y la caricatura de un hombre para que los resultados nos digan en qué clase de época estamos parados: si seguimos temiendo en la práctica lo que anhelamos en la teoría, si seguimos prefiriendo el estallido del populismo a la calma chicha –y a los grises– de la democracia. Si dentro de cuatro días los gringos le entregan su gobierno al habilidoso Donald Trump, como resignándose a la segregación y a la megalomanía y a la ignorancia atrevida, entonces será claro que la Historia no sucede al mismo tiempo en todas partes: ni siquiera en un mismo país.

Esta es mi modesta plegaria para que la curtida Hillary Clinton sea presidente: presidenta. Porque es el momento preciso para que el mundo de ahora –y en el mundo jamás han sobrado los símbolos– vea gobernar en los Estados Unidos a una ex primera dama, exsenadora, excandidata, excanciller que defiende sin rodeos los derechos de las mujeres, de las personas LGBT, de los inmigrantes. Porque es hora de que Colombia –el país en donde 21 niñas son violadas cada día, 19.000 mujeres terminan cada año en Medicina Legal, los pastores delirantes persiguen hasta en La Habana los derechos sexuales y reproductivos, los políticos de siempre traman una campaña presidencial centrada en la inexistente ‘ideología de género’– no sea víctima del experimento de un famoso por ser famoso, sino testigo de la presidencia de una profesional.

Quienes hemos querido a los Estados Unidos a pesar de sus emperadores mesiánicos gobernados por siglas –sometidos por la DEA, el FBI, la CIA– los hemos querido por su vocación a criticarse a sí mismos: por Larry David, por Mark Twain. Hemos dado la excusa "su peor cara han sido sus líderes" a quienes gritan, enmohecidos, contra los yanquis. Pero elegir a Donald Trump sí sería inexcusable.


Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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