Fútbol

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El fútbol ya no es solo un paliativo, un atenuante: es, también, un reflejo de lo que estamos siendo

13 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

Por qué nos volvemos una nación mientras juega Colombia: porque es entonces cuando descubrimos que busquemos lo que busquemos, vengamos de donde vengamos, compartimos esta extraña fantasía de que el resultado del partido nos reivindique de aquí a Tombuctú; compartimos esta curiosa necesidad de demostrar que este lugar no es tan grave; compartimos esta levísima esperanza –pero esperanza al fin y al cabo– de que aquí no solo se dan las miserias sino también las glorias que suceden en las demás esquinas del planeta.

Tengo la impresión de que hemos mejorado: en 1994 perdimos la cabeza porque la selección no sepultó en Estados Unidos la noticia de que éramos una sociedad reestructurada por el narcotráfico. Hoy deliramos menos. Y, quizás porque empezamos a estar en manos de generaciones que temen menos al mundo, el fútbol ya no es solo un paliativo, un atenuante: es, también, un reflejo de lo que estamos siendo.

Ni el Vaticano ni la Fifa han sido capaces de acabar con nuestra fe: el fútbol, que es una puesta en escena como una misa, como un rito, sigue recordándonos que vivir es vivir en suspenso. Y ni siquiera se nos ha arruinado la emoción infantil de siempre por culpa de estas absurdas, larguísimas e impredecibles eliminatorias para el Mundial, que aparte de dinero solo han conseguido que ningún equipo del mundo sea el mismo equipo durante más de dos partidos: la Colombia brillante de la Semana Santa de 2016 no es la Colombia espantada de octubre de 2017. Pero es justo decir que esa fe, esa gritería que pone a temblar mi barrio, ese trastorno que vuelve cada partido de fútbol una pasión –y también en el sentido de calvario–, no nos ha impedido esta vez seguir dando los pulsos que hemos estado dando como sociedad en los últimos tiempos.

Ni el Vaticano ni la Fifa han sido capaces de acabar con nuestra fe: el fútbol, que es una puesta en escena como una misa, como un rito, sigue recordándonos que vivir es vivir en suspenso

No nos cegó el fútbol, que durante tanto tiempo se ha sentido por encima de las leyes, a la hora de relatar la caída estrepitosa del presidente de la Federación Colombiana de Fútbol por protagonizar la corrupción vergonzosa de la Fifa: que siga el estruendo. No nos calló el fútbol, que en su nombre hemos normalizado tantos horrores, a la hora de criticar la convocatoria del jugador de la selección que fue arrestado por violencia doméstica. No nos impidió el fútbol encarar el manoseo de esos comentaristas deportivos que desde el principio, como chulos, como negociantes de trastienda, desearon el fracaso del técnico Pékerman. Esta vez se dijo a tiempo que estamos lejos de ser los mejores, que la selección representa a un país al que le cuesta sangre trabajar en equipo y nuestra hinchada va de la beatificación a la lapidación en un par de minutos.

Sí, el partido contra Paraguay probó este miedo proverbial a dejar de ser niños. El partido contra Perú demostró este coraje que es solo nuestro. Pero una vez superada la zozobra de estas últimas dos fechas, que semejante incertidumbre a mí me ahogó la celebración, he ido entendiendo por qué me gusta que esta selección haya vuelto a clasificar a un Mundial: porque el temple de Falcao García se lo merecía; porque la ansiedad de James Rodríguez se había ganado el derecho a un alivio; porque la mala leche de los dueños del fútbol tenía que recibir su castigo; porque este equipo impredecible no será ese show lleno de protagonistas que fue la Colombia de 1990 a 1998, pero es, sin duda, un conjunto de personajes secundarios incapaces de encogerse de hombros ante la derrota: y quizás sea mejor un país así.

Por qué me gusta que esta selección colombiana haya clasificado al Mundial de 2018: porque encarna a este país que no ha perdido la fe en el drama del fútbol ni en las demás incertidumbres, pero cada día parece menos interesado en decirse las mismas mentiras de siempre.

RICARDO SILVA ROMERO
- www.ricardosilvaromero.com

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