Elecciones

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El país parece pero no es irremediable. La política parece pero no es un desastre natural.

22 de septiembre 2017 , 12:00 a.m.

Cómo soportar los nueve meses que faltan de esta campaña presidencial más larga que una eliminatoria al Mundial: para empezar, las imágenes enmudecedoras de estas semanas –los tres huracanes llevándose la tierra del Caribe, la tierra levantándose como el agua en el terremoto en el centro de México, la gente improvisando plegarias y hallando solidaridades y cayendo en cuenta de la vida– podrían recordarnos que las elecciones no son destinos trágicos, futuros irreversibles que revelan nuestra pequeñez, dramas de Dios que se nos salen de las manos, sino simples oportunidades para sacudirse la Historia de Colombia. 

El país parece pero no es irremediable. La política parece pero no es un desastre natural: ante la devastación en México, que sobrecoge como una rebelión de la realidad, es claro –por ejemplo– que “la polarización” es una estrategia para quedarse con lo que siempre será ajeno.

Estamos a tiempo de que la llamada Coalición Colombia, que han conseguido los brillantes Fajardo, López y Robledo, no sea una ‘Ola Verde’ protagonizada por diferentes actores: cuando la ideología de un movimiento político es la decencia, que de ningún modo es poco en la carrera por el poder, suele despertársele la esperanza a aquella buena parte de la ciudadanía que reclama su derecho a convivir y que defiende los valores republicanos como una luz tenue, pero también se corre el riesgo de caer en la superioridad moral, en la estigmatización de una clase política que tiene sus excepciones, en el discurso fundamentalista que sigue reduciendo su proyecto al derrocamiento de los mismos de siempre, en la propaganda de una pureza que nadie le cree a nadie, en el dogmatismo que acaba cerrándoles las puertas a los inocentes.

Todavía estamos a tiempo
de no ‘salir a votar berracos’. De no tomarnos en serio a esos narcisistas patológicos que siguen empeñados en fabricarnos
la verdad

Estamos a tiempo de no comernos el cuento, irrespetuoso con ambos países, de que Colombia va a volverse Venezuela: no solo porque cualquier democracia aturdida está corriendo el riesgo de caer en las trampas del populismo –pregúnteselo usted a los Estados Unidos de Trump–, sino porque ya en 2010 nos libramos de milagro de la aplastante empresa populista que se tomó la Casa de Nariño en 2002. Sí, estamos pasando por otro “peor momento”, estamos “tocando fondo” de nuevo: esta vez ha sido una banda de magistrados la que se ha tomado el Palacio de Justicia, los candidatos siguen dejando, como vienen haciéndolo desde hace años, los partidos que luego tienen que hacerles el trabajo sucio, y se ha documentado, más que nunca, el rumor de que una elección es una inversión. Pero todavía estamos a tiempo de no “salir a votar berracos”.

¿De dónde va a venir el dinero que se necesita para financiar a veintipico candidatos presidenciales? ¿Quiénes están poniendo la plata para esas recolecciones de firmas de las que hablan como si no fueran sino trámites? ¿Nadie, en el desencajado Estado, está escuchando los cinco reparos de la Misión de Observación Electoral para las elecciones de 2018? ¿Van a seguir siendo posibles titulares como ‘La campaña política del ‘Ñoño’ desde la cárcel’ o consignas como ‘Digan lo que digan, yo voto por el que el ‘Ñoño’ diga’? ¿Cómo va a responderse a nueve meses más de propaganda negra contra los defensores de los acuerdos de paz? ¿En qué paró la investigación del Consejo Nacional Electoral a aquel gerente que confesó a La República los engaños de su campaña por el “no”?: estamos a tiempo de resolver estos interrogantes.

Y estamos a tiempo de tomárnoslo con calma: de no recibir esa cascada de encuestas prematuras como ominosas profecías de Nostradamus, de no tomarnos en serio a esos narcisistas patológicos que siguen empeñados en fabricarnos la verdad, de no dejarnos contagiar esta paranoia que culpa a sus enemigos de los terremotos.

RICARDO SILVA ROMERO
- www.ricardosilvaromero.com

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