Campaña

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Yo creía que el infierno era una asamblea de copropietarios, pero lo es esta campaña perpetua que es una puja por los dineros secretos y una competencia por los dueños de los votos.

16 de febrero 2017 , 07:08 p.m.

Quería advertir que estamos en campaña. Pero lo cierto ahora es que vivimos en campaña. Donde diga “las presidenciales empezaron demasiado pronto” debe decir “las elecciones colombianas no empiezan ni terminan sino que se transforman”. Por qué lo digo: por una parte, porque las redes sociales, que pueden ser esas plazas inagotables de todas las voces, han comprado por nada las almas de los narcisos, han vuelto matones a los matoneados, han dejado un reguero de personajes donde antes había personas, y han obligado a los políticos a ser, sin domingos ni festivos, lo que antes fingían por un rato, y a hacer todo el tiempo, para bien y para mal, lo que antes hacían cada cuatro años. Antes de las redes, los políticos desempolvaban sus maniqueísmos y sus caricaturizaciones de los dramas sociales colombianos unos meses antes de las votaciones. Ahora no: ahora les toca aterrorizar e injuriar desde que se despiertan.

Piense usted en un actor condenado a interpretar por siempre y para siempre el mismo papel: esa es la tragedia que el politiquero criollo habrá de pagar caro alguna vez.

Por qué los opositores de los gobiernos han estado actuando en su vida diaria con la vileza con la que solía actuarse “en el fragor de la campaña”. Por qué hemos estado teniendo expresidentes, vicepresidentes, procuradores, ministros, fiscales rastreros e incansables que se portan como candidatos presidenciales que van abajo en las encuestas. Porque hoy cualquier figura pública que tenga el coraje suficiente para ser un funcionario a cargo del trabajo que se le encomendó, y le sume la prudencia que recibe pocos likes, sufrirá más temprano que tarde la peor condena de estos tiempos: la impopularidad. Paga portarse como un aspirante bocón que le escupe hacia arriba al establecimiento, que casa peleas por doquier e insulta a su paso como echando a andar un rito. Paga ser Trump. Son inversiones el machismo, la xenofobia, la homofobia.

Pero hay que practicarlas las 24 horas de los 365 días de los cuatro años, y seguirlas ejerciendo aunque la consecuencia sea la llegada al poder, porque el mundo entero es un escenario y el mundo entero está mirando.
Demasiados gringos le perdonan a Trump esa violencia que está volviendo un hábito porque, por ejemplo, redujo los fondos para el aborto apenas llegó a la presidencia.

Y sin embargo, mientras los populistas voraces cada vez tienen más claro que deben reducirse a diario a sus remedos, los perezosos demócratas siguen esperando la recta final de la campaña.

Decía “por una parte” en el primer párrafo pues “por otra parte” en Colombia estamos atrapados en las presidenciales porque la tal financiación mixta de las campañas ha hecho que cualquier candidatura sea sobre todo un negocio rentable: aporta el Estado, sí, pero también –de Punta Gallinas a San Antonio, de Cabo Manglares a San José– una familia mafiosa de inversionistas escalofriantes que nos tienen a todos del cuello sin que lo sepamos. Durante mucho tiempo creí que el infierno era una asamblea de copropietarios, pero el infierno es esta campaña perpetua que es una puja por los dineros secretos y una competencia por los dueños de los votos. Fue claro para mí la semana pasada: escribí sobre un sicario que vive de haber matado, pero una manada de troles a sueldo saltó a insultarme como solo pasa en campaña.

Y, un poco antes de que la derecha volviera a reducir las próximas elecciones a “sí” versus “no”, una manada más de identidades falsas saltó a compararme la gloria de un matón con la suerte de 6.300 guerrilleros que se dirigen hacia la justicia.

“¡Sórdido!”, “¡guerrillero!”, “¡pagado por Semana!”: se nota que una buena parte del país vive de defraudarlo de lunes a domingo.


Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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