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Qué cabezazo: cambiamos una impunidad por otra

Sábado 10 de diciembre de 2016
Columnistas
Sergio Ocampo Madrid

Sergio Ocampo Madrid

Qué cabezazo: cambiamos una impunidad por otra

Nos ratificamos en una clara y vigorosa división entre dos partidos irreconciliables. Muy bonito, muy evocador.

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Estuvimos a un paso del abismo el 2 de octubre pasado. Por unos pocos voticos de diferencia, los votantes del ‘No’ nos salvaron de convertirnos en otra Venezuela. Si ganaba el ‘Sí’ eran altísimas las posibilidades de que todos saliéramos corriendo a respaldar la opción de “Timochenko presidente” y que se redujera de modo dramático el abstencionismo, porque aquellos que nunca se han acercado a las urnas iban a ser seducidos de una vez por la irresistible plataforma programática de las Farc, y en consecuencia los caciques tradicionales terminarían adhiriendo y haciendo campaña y coalición con los antiguos guerrilleros, que además son todos millonarios. Era así de sencillo.

A cambio de eso, y gracias a esa votación, nos ratificamos en un firme y alentador siglo XIX, con nuestros caudillos, con unos terratenientes que miran a caballo el horizonte sin poder determinar hasta dónde llegan sus baldíos, con la religión como ese árbitro pulcro y confiable que legitima y hace control de las políticas públicas, y una clara y vigorosa división entre dos partidos irreconciliables. Es muy bonito, muy evocador.

Es que en realidad era muy peligroso aquello de abrirles la puerta de la participación a los forajidos de las Farc; dejarlos sin castigo sería devastador en un país donde la justicia opera pronta y eficiente. También era riesgosísimo intentar eso de darles unas hectáreas a los rústicos del campo y modernizarlos. Para qué, si así está bien y lo que funciona bien no se cambia. ¿Y las víctimas?: que ya dejen de llorar; que no jodan; que ya pasó…

Por eso, me parece totalmente válido lo que se hizo para frenar ese engendro abominable del acuerdo, y aplaudo la titánica estrategia del uribismo para salvar al país de la debacle. Fue inteligente hacernos ver que íbamos camino de otra Venezuela, nosotros, con nuestros pintorescos ranchos de techos en paja o en zinc (salieron esta semana en la tele dizque por inundaciones en la Costa) y unos niños flaquitos y simpáticos nadando y mitigando el calor en esas piscinas deliciosas que dejan los ríos al lado de sus casas, o sobre sus casas, compartiendo con los cerdos y los perros, y otras imágenes del acervo popular. Gracias, Juan Carlos Vélez, aunque hoy el país no te lo quiera agradecer.

Lo de la ideología de género fue doblemente genial. Varias veces, colectivos de mujeres fueron a La Habana a denunciar sus malos ratos en la guerra y por eso en los acuerdos se terminó incluyendo un sistema especial para investigar las violaciones, abusos y maltratos contra el sexo femenino en estos años de conflicto, y ahí colgaron de paso a los maricas. Eso de investigar los crímenes durante la guerra, algo sobre la mujer campesina y mucho de ese lenguaje incluyente de género (el que repite “todos” y “todas”, “niños” y “niñas”, y bobadas así) era lo único que había sobre género en ese largo documento. Nada más. Fue un tremendo cabezazo inventarse ese complot para confundir la sexualidad colombiana, con unos libritos porno belgas incluidos. Y a las iglesias cristianas se les paró el pelo, y a los obispos y arzobispos católicos les pareció que el demonio sodomita, que ellos han logrado mantener a raya en sus claustros y conventos, se cernía irremisible sobre este país siempre decente.

También aplaudo los rumores sobre el fin de los subsidios para pobres, las vallas de “Timochenko presidente”, los supuestos apoyos al ‘No’ de Mariana Pajón y de otras glorias; esa carta magistral atribuida a Gossaín contra Santos, y por poner a repicar en el servicio de esta noble causa a personajes lúcidos que día a día hicieron su tarea con todo el rigor del buen periodismo, como Juan Lozano y Plinio (¿por qué Uribe no mencionaría a Claudia Gurisatti en los agradecimientos del domingo?). Gracias, además, por ser previsivos y dejar las cosas listas si ganaba el ‘Sí’, y poder proclamar el mismo día que todo fue un terrible fraude.

En fin, ya pasó. Ya no hay riesgo y tenemos al doctor Álvaro Uribe otra vez a cargo de las cosas, como copresidente. Él, en su sabiduría, supo llevar a la mesa al querido exprocurador porque su candidatura hay que apuntalarla desde ya; también a Pastranita, que estaba injustamente en el olvido, y a las iglesias protestantes. No sé por qué no hay ningún monseñor (ah, verdad que está Ordóñez).

Con Uribe al mando, el país puede respirar tranquilo. Aunque ya sin Juan Carlos Vélez, él sabrá darle el ritmo adecuado a esto, para que se haga en dos o tres años, con calma, introduciendo los grandes cambios que se necesitan en ese esperpento cocinado desde Cuba. Que se delibere muchos meses en el tema de la familia normal, porque ese es el espacio donde se ha construido la concordia y sanidad de este país. Que se discuta y se vuelva a discutir lo del campo, porque es injusto que los terratenientes, a quienes les ha costado tanto sudor y tanta sangre alinderar sus terrenos, les pongan de vecinos a campesinos rasos. Que se debata mucho lo del narcotráfico porque no podemos permitir que ese flagelo infiltre a Colombia, y sobre todo que se gasten todo el tiempo del mundo en impedir que esos bandoleros de la selva hagan política y se salven de la cárcel. Una y mil veces, paz pero sin impunidad.

Es tan bueno que haya ganado el ‘No’ que inclusive va a cesar con seguridad toda esa vil persecución contra el doctor Uribe y sus buenos muchachos, que tiene injustamente en la cárcel como a dieciséis, y prófugos a varios. Se salvará César Mauricio; Andrés Felipe quedará tranquilo en Miami; ya no más investigaciones contra Óscar Iván; inclusive ni debe prosperar la que inició la Fiscalía contra Vélez por haber dicho la verdad. Y, obviamente, hasta ahí llegó la que desde el año pasado, en medio de supuestas amenazas, lleva adelante el Tribunal de Medellín contra el gran expresidente.

Pero, dejémoslo claro, eso no se llama impunidad; eso se llama inmunidad.


Sergio Ocampo Madrid

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