Sudacas

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América Latina arde en llamas, pero a nadie le importa nuestro continente liderado por ratas.

03 de abril 2017 , 02:07 a.m.

Se jodió América Latina. Se jodió Colombia, Venezuela, Paraguay, México, Brasil y Centroamérica; hoy todos inmersos en un mar de corrupción e inmundicia con hedor a cloaca. Solo basta ver lo que pasó este fin de semana en nuestro barrio de dictadores, ladrones, piratas y ratas.

En Paraguay, el viernes en la noche incendiaron el Congreso mientras se tramitaba un proyecto de enmienda constitucional para permitir la reelección presidencial; un boicot que dejó un muerto y más de 20 heridos en las calles de Asunción del Paraguay. Boicot que, entre otras cosas, buscaba impedir la reelección de Horacio Cartes, de quien se dice es el mayor contrabandista de tabaco y lavador de dólares de toda la región.

En Venezuela, el viernes, Nicolás Maduro dio un golpe de Estado: le quitó las competencias a la Asamblea Nacional y se las endosó al Tribunal Supremo de Justicia venezolano. Una hazaña que deja al chavismo con superpoderes en lo penal, militar, económico, político, civil y social, aunque a última hora ayer querían echarlo para atrás. Un mazazo institucional sin parangón que aculilla a toda la región, pero en donde ningún vecino se atreve a gritar no más por físico susto al ‘bully’ del salón. Ni la OEA será capaz de tomar medidas, a pesar del ‘show’ mediático de los últimos días.

En Brasil, las cosas no pueden estar peor: miles de personas salieron a protestar el sábado en contra de la reforma pensional de Michel Temer, mientras miles más gritaban por el escándalo de la carne podrida en todas las esquinas. Se trata de la última zaga de corrupción en el reino de la corrupción, que involucra a los inspectores de salud pública, de agricultura y de aduanas que ‘maquillaron’ por décadas las carnes rancias y podridas. Un hedor que se suma a la corrupción de Odebrecht, la empresa de ingeniería brasileña que sobornó a diestra y siniestra a media docena de gobiernos en Latinoamérica, incluido el de nuestra república bananera.

En Centroamérica, las cosas son para morirse de la tristeza: en Honduras, el presidente Juan Orlando Hernández busca la reelección a la bruta; en El Salvador el partido del FMLN se enfrenta sin tregua con la derecha (Arena) y ambos están llevando al país a la quiebra; en Nicaragua, Daniel Ortega y su señora son dictadores vitalicios y este fin de semana siguieron cometiendo todo tipo de arbitrariedades y nepotismos que hoy los tienen en la mira de los gringos.

En México, siguen apareciendo nuevas revelaciones de gobernadores y funcionarios que trabajan para el cartel de Sinaloa y los Zetas: este fin de semana fue arrestado el fiscal Édgar Veytia, bajo cargos de conspiración internacional para producción y distribución de heroína, cocaína, metanfetaminas y marihuana entre México y Estados Unidos. Mientras tanto, las autoridades mexicanas hallaron el domingo fosas clandestinas en 16 estados y solo en Veracruz encontraron una tumba con más de 300 cuerpos mutilados.

Y en Colombia, para rematar, las cosas están tan esquizofrénicas que son como para sentarse a llorar: la marcha anticorrupción del sábado organizada por el uribismo, cuyo círculo más cercano está la mitad en la cárcel por sobornos, coimas y homicidios. Eso por no mencionar a varios uribistas más, que huyen actualmente de la justicia y están prófugos tomando caipiriñas en alguna isla.

Esa misma justicia que dentro de un año dejará libres a los cerebros de Interbolsa, Juan Carlos Ortiz y Tomás Jaramillo, dos pillos que nunca devolvieron la plata que se robaron y que despilfarraron ese dinero de los ahorros de monjas e incautos. Los mismos que vienen rumbeando en La Picota, con manicuristas y whisky a bordo, al mejor estilo de los narcos.

Eso por no mencionar los líos recientes con el Eln, un grupo con el que supuestamente estamos en una negociación de paz, pero que no cesa de matar, secuestrar y volar oleoductos como afición principal. Y lo que es más grave: que no cesa de narcotraficar, especialmente en alianza con el narco-Estado de al lado, cuyo narcoejército ya viene poniendo narcosoldaditos de nuestro lado, para que vean quién manda en el narconegocio de este lado del charco.

Somos buenos para mirar la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio. Somos buenos para reírnos de los gringos y Trump, de los ingleses y su salida de la Unión Europea, de los franceses y su posible giro a la derecha, pero no para darnos cuenta de la olla putrefacta que es Suramérica. Sudacas de quinta, condenados a comer mierda hasta el final de nuestros días.

PAOLA OCHOA@PaolaOchoaAmaya

Columnistas

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