Picota carne de res

Picota carne de res

La 'jet set' bogotana rumbea ahora en La Picota. Solo en Colombia hay cárceles a la medida del estrato 6.

25 de enero 2017 , 08:22 a.m.

La Picota es el nuevo Andrés Carne de Res del estrato 6. En concreto, el pabellón ERE sur, que es donde están los presos VIP del país. Un patio ya célebre por la buena comida, el buen ‘whisky’ y la buena música. Y, sobre todo, por la buena compañía. Porque allá no entra cualquiera. Solo los condenados por crímenes sofisticados, como la ‘parapolítica’, Interbolsa y el carrusel de la contratación.

Nada nuevo en un país donde, desde hace 20 años, los presos con poder y plata hacen lo que se les da la gana. Pasó con Pablo Escobar, los Rodríguez Orejuela, con los Ochoas; pasó con Mancuso y Jorge Cuarenta y con otras docenas de ovejas negras. Desde hace años se celebran en La Picota todo tipo de bacanales y rumbas. Desde la fiesta de cumpleaños con la orquesta Guayacán del ‘Negro’ Martínez hasta la parranda con grupo vallenato de Emilio Tapias.

Pero la última fiesta en La Picota tiene algo en particular. Ya no se trata solamente de una rumba de delincuentes con poder y billete. Se trata, ahora, de una parranda de élite. Una fiesta de niños bien, de jóvenes de la alta sociedad bogotana que encontraron en ese patio su nuevo Andrés Carne de Res.

La del 5 de septiembre fue una rumba de estafadores financieros de la ‘jet set’ colombiana. A ella asistieron los hampones más ‘yuppies’ del país: Tomás Jaramillo y Juan Carlos Ortiz, condenados por Interbolsa, el mayor descalabro bursátil en la historia de Colombia. Y Álvaro Dávila y el exconcejal José Juan Rodríguez, tras las rejas por desfalcar las finanzas de la capital. Era la despedida de este último, quien por vencimiento de términos salió en libertad.

Parecía una página social de las revistas ‘Jet-set’ o ‘Caras’. Todos muy ‘cool’, todos de las mejores familias. Todos estudiaron en los colegios y universidades de nuestra burguesía: el Nueva Granada, el Anglo Colombiano, el Andino; y las universidades de los Andes, Rosario y Javeriana. Dos de ellos, incluso, provienen de familias diplomáticas: el papá de Rodríguez fue embajador en Viena y el tío de Jaramillo, canciller de la república.

Los cuatro hicieron un asado en una de las zonas verdes de La Picota. Eso mientras tomaban ‘whisky’ y se arreglaban las uñas, porque allí también estaban con ellos unas manicuristas. Hay que darles crédito: son los únicos en el mundo que logran quitarse los callos y los uñeros mientras al mismo tiempo comen y también brindan.

Ya quisiera ver esa guachafita en una cárcel de China o una prisión de Estados Unidos. Dos países cuyos sistemas penitenciarios tratan a todos los reos igual. Allá no importan los apellidos o los abolengos, las conexiones o el dinero. Los presos son presos y punto. Allá se pudren en la cárcel estafadores financieros de la ‘jet set’ neoyorkina como Bernard Maddoff, uno de los más célebres pillos de cuello blanco. Allá mismo se va a pudrir Kaleil Isaza, el célebre billonario paisa capturado la semana pasada en Colombia por fraude contable y manipulación de acciones en la bolsa de Nueva York.

La diferencia es que allá todos los reos son tratados por igual, mientras que en Colombia las cárceles tienen estratificación social. Acá un preso del estrato 6 jamás va a ser igual que uno del estrato 3. Por eso tenemos pabellones reservados solo para la ‘jet set’. Mientras que en Estados Unidos todos los reos se visten con el mismo uniforme naranja, acá los delincuentes de cuello blanco se siguen vistiendo con Hermés. No tenemos piyama de rayas, pero sí la última colección de Chanel.

En las cárceles de Estados Unidos todos los reos tienen derecho a una llamada al día, en La Picota tienen celular, Ipad, Iphone, FaceTime y Skype. Allá todos comen en la misma cafetería, acá tienen un séquito de chefs que les cocinan. Allá solo tienen una hora de sol al día, acá se la pasan afuera con la excusa de las citas médicas. Allá tienen derecho a un día de visita, acá los presos del pabellón ERE sur de La Picota pueden recibir gente los lunes, viernes, sábados y domingos. Allá las celdas son todas del mismo tamaño, acá son más grandes que las demás y vienen con sofás, televisor de 70 pulgadas, banda ancha y PlayStation.

Eso por no mencionar a los criminales del estrato 6 que están en casa por cárcel. Como por ejemplo Rodrigo Jaramillo, el papá de Tomás Jaramillo, a quien por la edad lo mandaron a un apartamento de 800 metros en el barrio El Poblado. Pobre viejecito. Imagino que no le faltarán los empleados, tampoco el ‘jacuzzi’, la piscina climatizada y el gimnasio. Lo mismo que a Guido Nule, Hélber Otero, Hipólito Moreno, Inocencio Meléndez, Zulema Jattin, la ‘Gata’, Germán Olano y todos los premiados con casa por cárcel.

En Colombia, ningún rico paga por sus crímenes como debe ser. En cambio, los pobres sí se pudren en la cárcel. Hay que verlos trepándose al techo de diminutas celdas en donde meten hasta ocho reos. Nuestra justicia es rosquera. Es tremendamente ciega. Porque hasta en México había cámaras que grababan las 24 horas del día al ‘Chapo’ Guzmán. En Colombia hacen un asado con trago y manicuristas en una cárcel de máxima seguridad y ni siquiera hay video. No las llamemos más cárceles. Bauticémoslas ‘parrandiaderos’.

Les propongo a los señores del Inpec un par de cosas: darle apartamento por cárcel a Rodrigo Jaramillo, siempre y cuando sea en los escombros del edificio Space. Reducir las celdas de Tomás y Juan Carlos Ortiz para dejarlas del tamaño de una normal y aumentar así el cupo de las cárceles en el país. Traerse dos vigilantes de Andrés Carne de Res para que decomisen el trago que entra por la puerta principal. O que al menos cobren ‘cover’ y un descorche por cada botella que se vayan a tomar.

Que me perdonen los lectores, pero es que la cárcel en Colombia es un chiste. Tenemos un sistema penitenciario que solo sirve para morirnos de la risa.

PAOLA OCHOA
En Twitter @PaolaOchoaAmaya

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Ilustración: Juan Felipe Sanmiguel

Foto:

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