En una columna cargada de melancolía, Juan Carlos Echeverry se valió de una evocación a Borges para registrar con pesadumbre el obituario de Lehman Brothers, una leyenda, una roca sólida, un edificio construido durante más de un siglo sobre cimientos de acero macizo (24 de septiembre). Hoy, ese edificio cae a pedazos, destruido por fuertes vientos que sus mismos habitantes ayudaron a crear, y a los cuales no dudaron en dar impulso. Otras instituciones similares, como Goldman Sachs, Merrill Lynch y AIG, tambalean frente al azote del huracán. Y todas tienen algo en común: no eran simples bancos, no eran meras compañías financieras. En la historia de las finanzas, estas instituciones eran personajes heroicos, casi de epopeya. Es imposible, por tanto, no lamentar su caída. Aunque si se comprendiese bien el sistema capitalista, aquel al cual hoy le prescriben otra vez la extremaunción, se entendería que la muerte o la grave enfermedad de estos titanes financieros es un hecho completamente normal dentro del capitalismo.
Por esa razón, me valdré de otro autor, de Monterroso, y parafrasearé su célebre cuento para decir que quienes ahora cantan la defunción del capitalismo encontrarán, cuando despierten de su cegador entusiasmo, que el dinosaurio todavía estará allí. ¿Por qué? Porque la destrucción periódica de algunas de sus partes integrantes no es una debilidad del sistema capitalista: por el contrario, allí radica una de sus más sólidas fortalezas. Es la misma fortaleza que explica por qué, tras innumerables recesiones, quiebras, colapsos bancarios, desastres financieros, e inclusive escándalos por corrupción, el sistema sigue vivo, y parecería que las crisis lo fortalecen en lugar de debilitarlo. A diferencia de cualquier otro sistema económico conocido por la humanidad, el capitalismo se reconoce a sí mismo como falible, y aprende de sus errores.
Nadie vio esto mejor que los dos más grandes teóricos anticapitalistas, Marx y Engels. En las primeras secciones del 'Manifiesto comunista', estos pensadores se maravillan ante la capacidad que tiene el capitalismo para construir mediante la destrucción de lo que no está funcionando bien. "Todo lo sólido se desvanece en el aire, todo lo sagrado es profanado...". Lehman Brothers era sólido, y casi sagrado. Y se desvaneció en el aire, porque asumió riesgos excesivos de manera irresponsable. Otro pensador heterodoxo, Schumpeter, decía que lo verdaderamente importante del capitalismo no son sus estructuras, sino el cambio permanente al cual aquellas están sometidas.
Los marxistas, bien sabemos, han esperado durante un siglo y medio el colapso del capitalismo, que les fue prometido por su profeta como advenimiento de una era milenaria de perfección y felicidad. Por eso, no pueden evitar abrir sus ojos con emoción cada vez que hay una crisis económica: creen que, finalmente, las señales en los cielos anuncian el cumplimiento de la profecía. Pero han acariciado la decepción en múltiples ocasiones. Tómense solamente los últimos treinta años: han ocurrido cinco crisis sistemáticas y un colosal escándalo empresarial, para no mencionar innumerables crisis locales. En cada una de estas ocasiones se anunció la muerte del dinosaurio, pero, pasada la crisis y calmados los aires, veíamos que el dinosaurio todavía estaba ahí. Porque el sistema aprende. Y ha aprendido, por ejemplo, que siempre es necesaria una intervención estatal inteligente y bien diseñada.
De boca de algunos filósofos contemporáneos (W. V. O. Quine, por ejemplo) hemos oído que la gran virtud de la ciencia no es la de ser siempre acertada, sino, por el contrario, la de ser falible, saber que lo es, y corregirse a sí misma. Lo mismo puede decirse del capitalismo. Su virtud no es la de ser siempre eficiente, bueno y justo, o la de retribuir el mérito, como de modo absurdo afirman los neoconservadores. Su gran virtud radica en que él mismo reconoce que puede fallar, y que necesita constantemente ser corregido y rectificado.
* Instituto Libertad y Progreso
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