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Un pastorcito mentiroso, un estado indolente y un pueblo inmoral: la pirámide

Muchos consideran que la contracultura colombiana de jugársela toda para hacer dinero fácil y para triunfar sin esfuerzo y sin cumplir las reglas morales, sociales y jurídicas es un antivalor arraigado en nuestras clases populares como consecuencia  del modus vivendi de los capos en la década del  80.
 
Pero se equivocan. La cuestión del facilismo, la mediocridad  y  la  pillería  se remonta a la creación misma de esta amorfa nación por parte de nuestros colonizadores, pues, quien colonizó, sometió, explotó, fue el mismo que nos "independizó", que además lo cambió todo para que todo siguiera igual y que, para rematar, nos legó en las entrañas de nuestra alma colectiva la lógica del botín.
 
Porque los pueblos tienen alma, que no los hace superiores o inferiores, sino que explica el comportamiento de sus individuos, y en nuestro comportamiento, la lógica del botín tiene un reservado pedestal que se traduce en comportamientos como "el miti-miti", el "cómo voy allí", "el problema no es delinquir, sino dejarse coger", "lo que se necesita es una palanca", "Pablo Escobar, el patrón",  "líguelo y verá", etc.
 
En cada una de estas actitudes y cotidianas hazañas propias de nuestra "malicia indígena" se facilita la acción de aventureros de enigmática procedencia, como el señor "DMG" que, como Hernán Cortés o Gonzalo Jiménez de Quezada, fascinó a los "indios" con sus espejos de colores y los hizo entregar su oro (en este caso el dinero de su trabajo y los ahorro de toda la vida) a cambio de la esperanza de multiplicar sus utilidades sin un ápice de esfuerzo, y todos nos preguntamos por qué no se cae, y no se cae porque no la sostienen los cánones ortodoxos de la lógica económica, sino  la lógica del botín, que desnuda, para nuestra tragedia, el imaginario de millones de colombianos: el mínimo esfuerzo con el máximo de resultados.
 
Y el aventurero héroe David Murcia, el nuevo Robin Hood de los colombianos, declara la guerra al Estado, ya que el Estado de derecho, que lo es para poner a raya a los negros cortadores de caña y a los indígenas del Cauca, y también para combatir a la lacra de las Farc (cosa de la que debemos sentirnos honrados), no es tan derecho para poner a raya al mezquino sistema financiero, que, lejos de cumplir una función social, se dedica a enriquecer ingente y hasta escandalosamente a grupos macroeconómicos. El sistema financiero colombiano excluye y no incluye, auspiciado por un Estado blandengue, que olvidó que la Carta Política del 91 lo obliga, en virtud de la solidaridad, a redistribuir la riqueza, y una forma de redistribuirla es la de obligar a los bancos a tener cuotas de crédito para los pobres, con plazos largos e intereses blandos. Quizá así nos ahorraríamos  el florecimiento de las DMG, DRFE, DRT y toda esa sarta de captadoras ilegales que desnudan nuestras más aberrantes bajezas.
 
No pocos se angustian por develar la mágica forma de una pirámide. Es de antaño conocida. Consiste en un pastorcito mentiroso al que todo el mundo le creyó, como el señor Murcia; un Estado indolente ante los problemas de educación, inclusión y oportunidades de sus pobres, adornado por inoperantes instituciones como la Superintendencia Financiera, y un pueblo inmoral, que es hijo natural de nuestra historia.
 
Ojala se adopten medidas a tiempo y esto redunde en políticas públicas de largo alcance en beneficio de la comunidad y para la transformación de nuestros sistema financiero. Ojalá, y antes de una violenta estampida nacional, que ni en sus más delirantes sueños sospecharon los comunistas, por obra y gracia de un héroe de plastilina que se derrumbó como una pirámide.

Halinisky Sánchez M.

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