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Definitivamente, los economistas socialdemócratas (ESD) no vemos una. Durante casi dos décadas hemos vivido casi en el ostracismo, calificados como dinosaurios apegados al pasado e ignorantes de los grandes beneficios de un Estado reducido al mínimo posible y reemplazado en gran parte por un eficiente funcionamiento de los mercados, verdaderos asignadores eficaces de los recursos escasos que, además, no necesitan mayor regulación. Estigmatizados por seguir apegados a la justicia social, a la universalidad de las políticas sociales, cuando la moda es la focalización y la eficiencia en vez de esa palabra pasada de moda: la equidad. O, peor aún, pensando en la utopía de la igualdad de derechos.
Por fin se cae este castillo de naipes y lo más interesante es que quien llama a la intervención del Estado no son los pobres, sino los ricos, los que se creyeron los dueños del mundo. El Consenso de Washington finalmente se declara muerto y, ahora, aquellos seguidores del liberalismo económico ruegan, como The Economist, para que no se acabe el capitalismo sino para que se transforme.
Como ya nos acostumbramos a ser humildes, los ESD no salimos a celebrar, entre otras, porque sabemos muy bien que aquellos que siempre nos han preocupado serán quienes al final, o de pronto al principio, pagarán el pato de esta crisis, ya mundial. Pero muy en el fondo de nuestras acorraladas almas, es innegable sentir cierta satisfacción.
Nos llegó la oportunidad de volver a plantear nuestras ideas para lograr un Estado responsable de la equidad y un sector privado ocupado de hacer riqueza, pero regulado y obligado a contribuir con impuestos para financiar el bienestar de una sociedad más igualitaria.
Nuestra crítica a un gobierno que premia el capital y pone en desventaja al trabajo, que se olvida de los derechos de los más débiles, que ignora esa maltratada clase media colombiana, dejaría de ser vista como una cansona actitud de unos desubicados. Por fin, decíamos con cierta arrogancia, nos llegó nuestro cuarto de hora.
Pero poco nos duró la alegría porque descubrimos que, desde hace algún tiempo, aquellos que siempre posaron de neoliberales, palabra que ahora suena como mal, resolvieron volverse también socialdemócratas. ¡Horror! ¿Habrá alguien más intenso que un converso? Difícil ser más progresista que Rudolf Hommes, quien, para felicidad de muchos, ha resuelto volverse el mayor crítico de la forma como se está manejando el campo colombiano. ¿Y qué tal los hermanos Montenegro, que con frecuencia critican algunas políticas del Gobierno? Especialmente Armando, que en sus columnas ataca los subsidios a los sectores empresariales y a los pobres.
Pero hasta Juan Carlos Echeverri ha dado muestras de su gran sensibilidad social, aunque aún le quedan dejos de neoliberal, pero bastante disimulados. Y así podríamos seguir en la lista de brillantes economistas que fueron los más destacados de esa escuela, hoy en franca decadencia. Tal vez, precisamente por ser brillantes, se empezaron a mover antes de que llegara la hecatombe.
Para no entrar nuevamente a formar parte de los desplazados ideológicos, lo inteligente es decirles a estos colegas, que durante mucho tiempo nos miraron feo: "bienvenidos al futuro", frase que les trae a algunos de ellos buenos recuerdos de épocas de mucho poder.
La verdad es que el escenario de aquí en adelante será el de un Estado fuerte, con mercados muy regulados y acciones hacia esa población que ya ha esperado demasiado. Confiamos en que estos nuevos invitados acepten nuestra bienvenida para que, finalmente, los socialdemócratas de siempre ganemos por lo menos una y para que disfrutemos juntos nuestro esperado cuarto de hora.
* Senadora de la República
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