El escenario político colombiano se reduce a la avivatez de quienes manejan el poder y la mojigatería de quienes los apoyan. No se puede seguir mandando de la mano de la ignorancia. Un pueblo ignorante no hace un país sabio, ni pacífico, ni desarrollado. El pueblo nunca literalmente ha mandado y nunca mandará. Que los problemas de las mayorías sean atendidos prioritariamente es una simple lógica de administración, pero eso es administración no democracia. Que las mayorías elijan no es lo mismo a que sus elegidos no deban servir a toda Colombia. Si sus elegidos no sirven a todos los colombianos, esas mayorías no son democráticas y no hay democracia. La democracia es el gobierno de todos y para todos, eso quiere decir que las minorías son tratadas en igualdad con las mayorías. Si las minorías no comparten el poder, no son parte del poder, entonces la democracia no existe. El constituyente primario ya habló en Colombia y su voz se respeta y acata en la Constitución del 91. El constituyente primario creó la Constitución del 91. La constitución es un compromiso colectivo para cumplir, no importa los defectos que pueda tener hasta que el tiempo nos demuestre que esos errores se han vuelto enseñanzas para el pueblo. Solo en décadas y en siglos se pueden ver los beneficios de una Constitución, y si ha servido a Colombia o no que un presidente planee logros para cuatro años y exitosamente los cumpla. Colombia, desde 1991 creó la infraestructura política para las soluciones de los problemas nacionales con la participación de todos los colombianos, independientes de los dirigentes que cualquier partido ofreciera para liderar la nación. Sacar a Colombia del subdesarrollo, la pobreza, la ignorancia, la violencia, son tareas de todos los colombianos, y los partidos solo tienen que ofrecer líderes que en cuatro años puedan avanzar esos objetivos nacionales. La Constitución del 91 es clara al enseñarnos que la democracia se refresca y desarrolla cuando el presidente es capaz de planear y lograr lo que tenga que ofrecer a nuestra historia, dentro de su periodo presidencial, porque los ideales de una nación no pertenecen ni pueden pertenecer a ningún presidente, sino al colectivo de todos los colombianos. Son los ideales de una nación, consignados en su Constitución, los que priman sobre la ambición, arrogancia y sevicia de poder de cualquier líder. Las constituciones no son para cambiar como cambiar de medias, porque son el esqueleto de toda una nación. Tampoco se pueden hacer enmiendas a puntos de la Constitución que nieguen su doctrina. Las enmiendas son únicamente ampliación o actualizaciones de un principio, pero nunca la negación del mismo. La no re-elección presidencial es contundente e inequívoca en la Constitución, la única enmienda posible sería ampliar o actualizar el no. La Constitución del 91 puso los destinos de Colombia en manos de los colombianos, pero el personalismo de los dueños del poder se camufló para torpedear la democracia en Colombia e imponer a cualquier costo el caudillismo, la personalización del poder, la concentración del poder en una persona. Con toda razón el prestigioso 'The Economist' alertó al mundo que Colombia iba hacia la autocracia; es decir, en contra de la democracia. Esto es el peor signo para cualquier democracia del mundo, pero algo que los colombianos debieron detener en el 2002. La aparición de un movimiento llamado "uribismo", de un apellido, debió alertar a toda Colombia que no se estaba gestando el poder de los colombianos, sino que a nombre del pueblo el poder de una persona se quería hacer ver como el poder del pueblo, es decir, devolvimos atrás la rueda de la historia. En el 2006 y en el 2009 el presidente Uribe debió ser la primera persona en Colombia y la única a quien le correspondía prohibir el recoger firmas para su reelección, porque era un paso errado contra la Constitución. El presidente Uribe tuvo la obligación de explicarles a los colombianos que eso era un intento anticonstitucional y que él no permitiría que en su nombre se intentara jugar con la Constitución de Colombia. El presidente Uribe debió ser rápido, firme, franco, claro y con integridad evitar que los colombianos cayeran en el caudillismo y la personalización, que tanto daño le han hecho a Colombia. Uribe prefirió su conveniencia personal camuflada en la popularidad antes que defender la Constitución de Colombia como un buen ciudadano. Ahora como en el 2002, el poder de un presidente es lo único que motiva al uribismo, y no acatar y defender la Constitución. Los detractores del Presidente o sus adoratrices no pueden ser jamás los argumentos para cambiar la Constitución o deformar la democracia. Nuestra Constitución dice que ningún presidente debe ser reelegido, por razones previstas y bien definidas. Las democracias se distinguen porque giran alrededor de la Constitución, no porque giren alrededor de ningún presidente o rey. Como consecuencia, un precario erario público, los impuestos de los colombianos, una atención indebida y un país sumido en un polémico fuera de lugar quedan como desperdicios mientras la democracia se deteriora, la seguridad se debilita y retrocedemos hacia el caudillismo. El referendo anterior ya tiene el reprensible sabor de la 'Yidispolítica' y la 'parapolítica': la sospecha doliente de que desde el nombramiento de Jorge Noguera como cabeza del DAS, este departamento de la presidencia y un escandaloso número de miembros de la bancada legislativa del Presidente han estado mancomunados con el terrorismo narcoparamilitar para esculpir la política colombiana y cometer crímenes contra la nación. Mientras que las democracias líderes del mundo ven el peligro de la autocracia colombiana, el pueblo colombiano sigue ebrio, ciego y sigue siendo un hincha del culto de la personalidad, con exigua escogencia de liderazgo. Nunca olvidemos que es la sabiduría de la Constitución la que guía a las democracias, nunca las envalentonadas masas mayoritarias.
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