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Bogotá tiene 20 localidades diversas y complejas. El Distrito ejecuta a través de sus fondos de desarrollo local el 10 por ciento del presupuesto del Distrito, cifra nada despreciable.
Para la planeación en Bogotá, la normatividad establece un procedimiento mediante el cual la ciudadanía participa en varios encuentros ciudadanos y al final se aprueba un plan que fue concertado con la comunidad; esto suena al paraíso de la democracia participativa, pero la realidad es bien distinta.
Ciertamente, la administración hizo un gran despliegue de mercadeo para que la gente se inscribiera a los encuentros ciudadanos, muchos creyentes de la participación hicieron lo propio y efectivamente asistieron a los mismos. Los primeros fueron muy concurridos y deliberativos, pero los desconciertos comenzaron a aparecer muy pronto.
En primer lugar, la carencia de información sobre lo local en Bogotá llevó a que las discusiones iniciales se dieran sobre divagaciones y discursos reivindicativos antes que sobre indicadores y metas concretas. La comunidad se dio cuenta de que esa "visión estratégica compartida y de futuro" era imposible de construir ya que la administración impuso la estructura de los planes locales, convirtiéndolos en calcos del plan distrital.
Esto fue tan evidente que los primeros textos de los planes de desarrollo que se pusieron en circulación eran unas copias exactas del plan distrital de desarrollo. Hoy, los planes aprobados tienen el mismo objetivo: políticas, definición de ejes y muchos otros componentes que el plan distrital. Para hacer un copy-paste no hubiese sido necesario convocar a miles de personas y gastar cientos de millones de pesos.
Es autoritario obligar a que la planeación local tenga la misma estructura que la distrital.
Una administración debe ser capaz de coordinar dentro de la diferencia, pero es bastante ingenuo pensar que los contenidos y prioridades en Ciudad Bolívar son los mismos que en Chapinero, o que la visión de futuro de Usme debe tener la misma estructura que La Candelaria o Usaquén.
Como si fuera poco, este año el gobierno distrital les prohibió a los alcaldes y ciudadanos que en los planes se discutiera sobre algunos temas, como descentralización o finanzas. Impedir que en la planeación local se discuta sobre estos temas no deja de ser una paradoja.
Finalmente, la lenta ejecución de los presupuestos locales durante los diez primeros meses del año -entre el 30 y el 35 por ciento en los mejores casos- está llevando a que a final de año se ejecute una gran cantidad de recursos en tiempo récord. Esta ineficiencia es peligrosa ya que el afán por cumplir metas a última hora puede llevar a las administraciones a tomar decisiones erradas.
Es necesario que se produzca más y mejor información sobre lo local. La administración central debe lograr un apoyo más efectivo a las localidades a la vez que, tanto mandatarios locales como juntas administradoras locales, deberían ejercer mayor autonomía que les permita abordar las problemáticas concretas de cada localidad y rendir cuentas a sus comunidades sobre las necesidades más sentidas en términos de calidad de vida y no sólo sobre las agendas distritales. Es tiempo de que nos comencemos a preguntar de manera sistemática: localidades, ¿Cómo Vamos?
* Coordinador del Programa 'Bogotá, Cómo Vamos'
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