El caso de Honduras hubiera sido un tema exclusivo de los hondureños y los Estados Unidos, que controlan 70 por ciento de su economía, sin que saliera de allí más que como noticia. Pero, en el siglo XXI un "crimen" perfecto como el golpe militar en Honduras involucra a la Unión Europea, que desarrollaba un TLC en la región, a Israel y los países árabes que veían sus intereses económicos y políticos afectados por la crisis y a la ONU por representar a estos países. Paralelamente, el Alba se veía afectada por la suerte de sus compras de legumbres y leche a su nuevo miembro, Honduras, y también estaba la preocupación de Unasur, ambas organizaciones subregionales que hacían lógica la pronunciación de la OEA.
La OEA y la ONU han sido siempre entidades de amplia consulta y nunca han sido el gobierno de las naciones que representan, como se ha creído. La ONU y la OEA reconocen que cada nación está obligada a responder de acuerdo con el bienestar de la comunidad de naciones y de los intereses más benévolos de las mismas, y las resoluciones de la ONU y la OEA, aunque muy serias, no son mandato para las naciones miembros. Por su parte la credibilidad de Unasur depende de los resultados que logre de una mediación resolutiva, no de la participación en cada brote o rencilla que emerja.
El triunfo del golpismo, o anticomunismo de Honduras, se ha entendido erróneamente como un triunfo sobre Chávez, quien quería imponer a Zelaya como su títere en Honduras, y como tal se convierte en un triunfo indirecto de Colombia sobre Venezuela. Sin embargo, Chávez se beneficiará con el triunfo de los golpistas en una nación con gran desequilibrio económico, alta corrupción y una escena militar que confronta el nacimiento de un movimiento socialista, originado precisamente por el golpe militar, que es la Resistencia, y que confirma el juicio político de la región denunciado por Chávez. Debido a la terquedad de los anticomunistas y en solo este periodo Chávez ya ha ganado San Vicente y las Granadinas, Antigua y Barbuda, sumándose a Dominica y Nicaragua, en esa subregión centroamericana.
Sacar al presidente Zelaya del poder luce como un brillante logro del anticomunismo, pero al jugar la carta republicana, dentro de la política estadounidense, dejó al descubierto el interés del presidente Obama por fortalecer la posición de fuerza de Estados Unidos en la región, lo que abrió una división clara entre países latinoamericanos que se alían con Estados Unidos, como Panamá y Colombia, y una mayoría que lo evita. Esto lo corroboró la activación de la Cuarta Flota del Atlántico Sur y la consecución de las bases colombianas y aeropuertos civiles al albedrío y las necesidades de la guerra según Estados Unidos. Hacer perder la credibilidad de Obama solo aumenta la desconfianza contra Estados Unidos.
El antiimperialismo es un unificador latinoamericano que va a la par y es componente del nacionalismo, el mismo que alimenta exteriormente la guerra entre Colombia y Venezuela, aunque interiormente es la misma guerra de Honduras entre el anticomunismo y cualquier otra forma política que no sea anticomunista. La falsa creencia de que Chávez es el líder del Foro de São Paulo y que todo lo que no sea anticomunista proviene de allí demuestra el desquicio fundamental de esta guerra.
De acuerdo con estas sumariadas circunstancias, las elecciones en Honduras solo van a ser un capítulo más de un embrollo que, mientras las ideas del mismo sean inmodificables, la crisis simplemente se metamorfoseará en otros aspectos más complejos, donde ninguno de ellos es una solución.
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