Cuarenta años es un tiempo prudencial para hacer un balance de la polémica con que fue recibida la encíclica Humanae Vitae, firmada por Pablo VI el 25 de julio de 1968, y que desgarró las bases del mundo católico.
La rebelión de los teólogos no tardó en manifestarse. A través de comunicados emitidos primero desde Washington y luego desde Ámsterdam, la élite teológica europea y norteamericana, lideradas por figuras como Karl Rahner y Joseph Fuchs, presentaron la encíclica como un error histórico, un nuevo juicio a Galileo, del que después la Iglesia tendría que disculparse.
Varios Episcopados nacionales europeos reivindicaron el derecho de los fieles a apartarse de la condena que la encíclica hacía de los anticonceptivos, y seguir los dictados de su propia conciencia. En uno de los episodios más vergonzosos para la Iglesia, antes de la publicación de la encíclica se filtró a la prensa que la mayoría de la comisión pontificia, escogida por el mismo Pablo VI para estudiar el asunto, estaba en contra de considerar la anticoncepción como "intrínsecamente mala", con lo cual se desató un implacable linchamiento mediático del Papa, a quien se acusaba de ponerse "en contra de toda la Iglesia".
Sacerdotes en todo el mundo y gran parte de la orden religiosa más poderosa de aquel entonces aprovecharon confesionarios, púlpitos, seminarios, universidades, libros y columnas de opinión, para invitar a la desobediencia de los laicos frente a la enseñanza papal. Fue entonces cuando nacieron los 'católicos de cafetería', quienes consideran la doctrina católica como un menú del que pueden escoger lo que les apetece y se generó un sentimiento de vergüenza en una gran parte de los católicos practicantes, que en lo referente a moral sexual temían decir lo que creían.
Con semejante panorama era fácil apostar por una corta vida de la encíclica y eso hicieron muchos teólogos prestigiosos, quienes se referían a la materia como si se tratara de hecho de "doctrina reformada". Sin embargo, sucedió todo lo contrario: la encíclica no ha sido más que confirmada y profundizada.
Los nuevos movimientos apostólicos, signo indiscutible de la vitalidad de la Iglesia, son fieles a la enseñanza de la encíclica, y los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI han confirmado la maldad intrínseca de separar el aspecto unitivo del generativo en el acto matrimonial. En otras palabras: en ningún caso es legítimo el uso del condón o de la píldora.
En esto radica el triunfo de la Humanae Vitae: cuarenta años después, su enseñanza se mantiene intacta y entre los católicos es cada vez más relevante. Pablo VI, quien no hizo otra cosa que recoger veinte siglos de Tradición de la Iglesia, ganó su apuesta.
En cambio, los teólogos rebeldes, hoy envejecidos y solos, se contentan con complacer con sus doctrinas a quienes aborrecen a la Iglesia Católica.
Hoy poco queda del alegre mundo de la píldora del los años sesentas: el sida, el aborto, el divorcio con el consecuente drama de los hijos ante la destrucción de sus hogares, el invierno demográfico, la explosión de la violencia intrafamiliar, el homosexualismo y el madresolterismo, la ubicuidad de la pornografía y la creciente preocupación por la prostitución y el abuso sexual, convirtieron aquella risita burlona en una mueca destemplada.
Todo parece indicar que con el actual ritmo de descomposición ética de la sexualidad, el mundo no tardará muchos años en entender que la enseñanza de la Humanae Vitae, lejos de ser un anacronismo, es uno de los últimos bastiones de la dignidad humana.
gabriel.rodriguez@estoesconmigo.org
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