El hombre que escupe odio
Por: ALEXANDER CAMBERO | 7:31 p.m. | 23 de Noviembre del 2011
Ellos trazan una ruta distinta al festín malandro de 13 años de obscenidad y complicidad miserable.
El nuevo liderazgo terminó de nublarle el entendimiento. La muestra de profunda certificación democrática que surgió de la resultante del primer debate de los precandidatos de la libertad hizo que las pastillas tranquilizantes fueran un acompañante necesario por los predios de Miraflores. La hermosa gesta que se transformó en esperanza para la gran mayoría de los venezolanos condensa regocijo en los hornos ardientes del pueblo.
Ellos trazan una ruta distinta al festín malandro de 13 años de obscenidad y complicidad miserable. Venezuela ha descubierto un abanico de nuevos actores con actitudes muy superiores al mandatario actual. Su gran preparación profesional y política se contrapone al cenagoso mecanismo empírico que acompaña a funcionarios mediocres, personajes sombríos surgidos del último eslabón de los repitientes consuetudinarios y que ahora quieren mostrarse como seres con hojas de servicios impecables.
La realidad descubre un Hugo Chávez agotado en sus posibilidades, ha perdido la fortaleza de su conexión con las masas espontáneas. Las secuelas del tiempo y la cruel enfermedad se notan en una humanidad envejecida. Sus respuestas son lerdas, ya que no puede mostrase como vocero del futuro; él está confinado a representar al pasado oprobioso. Y lo decimos porque Venezuela vivió épocas esplendorosas con administraciones que legaron grandes cosas que aún subsisten pese a la marcada ineficacia del régimen. Es injusto dejar de reconocer que valerosos hombres fraguaron una patria grande, nuestra geografía se llenó de obras trascendentes; nos sacaron de la ruralidad hasta conectarnos con la modernidad; infortunadamente, se cometieron errores que hicieron germinar el desastre que padecemos.
El gobierno de Hugo Chávez, con el sol calentándole hasta los intestinos, ni siquiera tuvo testosterona para atreverse a sabotear el debate de los demócratas, encadenó con la tradicional sarta de mentiras y se fue enfriando hasta quedarse mudo, mientras las manecillas del reloj nos acercaban al encuentro de nuestros mejores talentos. El deseo de la inmensa mayoría de los ciudadanos de escuchar al próximo presidente obligó al gobierno nacional a tener que bajar la persiana. El presidente, acongojado, buscaba desviar la atención, pero las ranuras del molino del cambio terminaron liquidando su aviesa intención; los ciudadanos, hartos de su fábrica de fábulas, lo obligaron a callar. Seguramente que sus más cercanos colaboradores recibieron su recital de insultos ante el éxito del nombrado debate. Quizás sintió un frío penetrándole por todos los hinchados flancos, cuando Diego Arria prometió llevarlo al Tribunal de La Haya. Allá espera un banquillo de fino acabado francés por su huésped venezolano.
El hombre sigue escupiendo odio. Sus intervenciones tienen la mezcolanza del engaño con la animadversión contra todo aquel sector que no se deja engañar por la jauría revolucionaria.
Después de 13 años, nuevos actores le hablaron al país, lo hicieron con un lenguaje respetuoso y cónsono con la majestad a la que aspiran, tan distinto al discurso escatológico de Hugo Chávez. Cualquiera de ellos tiene mayor formación, inteligencia y modernidad que el régimen inmoral.
Se asoma el 2012 con sus fulgores de esperanza. Venezuela ya dejó de seguir al hombre que escupe odio; este seguirá revolcándose en su propio dolor del alma. El tiempo se le agota y caen las hojas del calendario para mostrar que todo tiene su final.
Nace una nueva nación en donde todos tendrán oportunidades, incluyendo a miles de aquellos que acompañaron al caudillo hasta lo último.
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