El caso del senador Merlano
Por: DIEGO ALEJANDRO TORRES |
Diego Alejandro Torres
Él, como el político promedio, cree que está por encima de las leyes que ha prometido respetar en su juramento inicial.
El colombiano promedio ve en el Senado de la República el ente público con la peor imagen, y con senadores como Eduardo Merlano, esta imagen de ente politizado, burocrático y que no sirve sino a sí mismo no hace sino empeorar.
Como costumbre arraigada en el imaginario del político colombiano promedio, el mantenerse en un cargo, pasando por encima de la institución a la cual sirve y de sus mismos electores, es la forma de demostrar sin sombra de dudas su inocencia. Las consecuencias de esta postura son funestas para la democracia, y basta para ello recordar cómo un expresidente colombiano prefirió mantenerse en el poder, creando una de las peores crisis institucionales en la historia de Colombia, a renunciar y demostrar su inocencia como un ciudadano común y corriente. El senador Merlano, como el político promedio, cree que él está por encima de las leyes que ha prometido respetar en su juramento inicial.
El problema es que el senador Merlano contribuye a fomentar esa terrible desigualdad social que existe en el país, y que utilizan los grupos al margen de la ley para justificar sus injustificables acciones. El problema es que el senador representa a ese país obsesionado con las clases sociales y las castas familiares, en el cual el nepotismo y la corrupción son males "inherentes a la naturaleza humana", y en donde ellos no son culpables de ser "gente de bien" que tiene amigos capaces de tramitar una licencia de conducción en dos días.
El problema es que el senador Merlano deja al descubierto toda una serie de antivalores que han frustrado el avance de la sociedad colombiana hacia una sociedad moderna y dinámica, antivalores por los cuales él se siente orgulloso, ya que, como rezaba su acompañante claramente: "...no le des importancia a una persona que no tiene modales...". El problema es que, a pesar de que su proceder antes, durante y después del incidente, el senador está convencido de ser una víctima, y no el victimario de los valores de una sociedad.
Si el senador Merlano respetase las leyes, o al menos a sus electores, lo moralmente correcto sería que renunciara y reconociese sus faltas, además de que pagara por ellas, como lo ordena la ley. Un sometimiento total a la ley es más poderoso moralmente que unas disculpas a medias.
Sin embargo, esto no va a suceder, porque el senador, como el político promedio colombiano, es altamente predecible y va a preferir refugiarse en su investidura para poder afirmar una verdad incuestionable para él, y no pocos de sus colegas: "a los senadores no se les pide el pase de conducir ni se les pregunta por su estado de sobriedad".
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