Cerrar

ElTIEMPO.COM

Columnistas

Patrocinado por:
Otros columnistas

RSS

El capitalismo de casino

John Keynes (1883-1946) desarrolló uno de los análisis más potentes, coherentes y rigurosos acerca de cómo funcionan los mercados financieros. Su gran libro 'Teoría general' (1936) sigue todavía vigente, a pesar del desdeño de los economistas del establecimiento, predicadores de las bondades absolutas del mercado, por su pensamiento revolucionario.

La inversión corriente, para Keynes, está determinada por la rentabilidad probable, futura, de la inversión. Sin embargo, las bases de conocimiento que determinan los cálculos de la rentabilidad probable son extremadamente precarias, y esta precariedad, determinada por la incertidumbre o desconocimiento del futuro, impredecible, es lo que explica por qué el volumen de inversión es insuficiente para lograr el pleno empleo.

En los tiempos en que las empresas eran dirigidas por sus propios dueños, sus amigos o asociados, la inversión dependía de que hubiera suficientes individuos con temperamento sanguíneo e impulsivo que emprendieran negocios como una forma de vida. Hoy, prima la separación entre la propiedad y la dirección, y en la organización de mercados organizados ha entrado un nuevo factor en juego, que algunas veces facilita la inversión, pero que en otras contribuye grandemente a la inestabilidad del sistema. Este factor es el siguiente: en las bolsas se revalúan, a diario y cada momento, los rendimientos probables de las inversiones, lo que da la oportunidad de tomar decisiones sobre sus compromisos. Esto es "como si un agricultor, habiendo observado su barómetro después del desayuno, decidiera retirar su capital del negocio agrícola entre las 10 y las 11 de la mañana y reconsiderar si debía volver a él posteriormente durante la semana". Pero, como muestra este ejemplo, si bien para el individuo las inversiones deben ser tan líquidas como el dinero, la bolsa permite hacerlo, "las inversiones no pueden ser líquidas para la comunidad como un todo". Los inversionistas adversos al riesgo están tratando de colocar sus capitales en activos de gran liquidez, y a diario están tratando de hacer cálculos sobre las bases convencionales de valoración de sus activos, para evitar pérdidas y aprovechar las oportunidades.

En las bolsas de valores, las revaloraciones diarias, "aunque se hacen con el objeto principal de facilitar traspasos entre individuos de inversiones pasadas, ejercen inevitablemente influencia decisiva sobre la tasa de inversión corriente (...). Por eso, ciertas clases de inversiones se rigen por el promedio de las expectativas de quienes trafican en la bolsa de valores, tal como se manifiesta en el precio de las acciones, más bien que por las expectativas genuinas del empresario profesional".

Y esto es lo que hace que la inversión socialmente más ventajosa, la del "inversionista de largo plazo, aquel que más promueve el interés público", cuya liquidez es baja, no coincida con la más rentable. Y dice Keynes (1936): "El espectáculo de los mercados de inversión modernos me ha llevado algunas veces a concluir que la compra de una inversión debe ser permanente e indisoluble, como el matrimonio, excepto por motivos de muerte o de otra causa grave (...), y esto sería un remedio útil para nuestros males contemporáneos; porque tal cosa forzaría a los inversionistas a dirigir su atención solamente a las oportunidades de largo plazo". Porque "los especuladores pueden no hacer daño cuando solo son burbujas en una corriente firme de espíritu de empresa; pero la situación es seria cuando la empresa se convierte en burbuja dentro de una vorágine de especulación. Cuando el desarrollo del capital en un país se convierte en subproducto de las actividades propias de un casino, es probable que aquel se realice mal". Por eso, "al calcular las posibilidades de inversión se deben tener en cuenta, por tanto, los nervios y la histeria, y aun la digestión o reacciones frente al estado del tiempo, de aquellos de cuya actividad espontánea depende principalmente".

En una economía-casino, hay redistribución de la riqueza, pero no hay creación de nueva riqueza; incluso se destruye valor. El dinero es el activo más líquido de todos, pero su tenencia por sí sola no genera ningún rendimiento, es necesario convertirlo, renunciando a su liquidez, en un activo financiero menos líquido o en un activo real. Pero cuando los instrumentos financieros son incobrables porque los ingresos que validan estos papeles, que tienen que venir de la inversión real, no están disponibles porque la gente pierde su trabajo o parte del valor de sus pensiones, como en las hipotecas, todo se derrumba, nadie quiere invertir, producir, y todos quieren el dinero. Y cuando todo el mundo sólo quiere liquidar sus fichas (activos) por dinero, como en un casino, como último refugio de la riqueza, una crisis se ha desencadenado.

Y esto es lo que ha pasado con la pasada ola de euforia inmobiliaria en Estados Unidos, que como un 'tsunami' se ha lanzado contra la playa, destruyendo la economía real a su paso, empleos y producto, dejando una hojarasca de instrumentos financieros sin ningún valor sobre la arena y esperando que el gobierno haga el rescate, con dineros públicos, de la propia imprudencia y codicia de los banqueros, que no son una anomalía, sino la manera como los incentivos capitalistas conducen a un resultado caótico. Sin embargo, la crisis permanente no existe (Marx).

Guillermo Maya M.

Anuncios Google

Publicidad

Columnistas

Zona Comercial

¿Encontró un error?

Para eltiempo.com las observaciones sobre su contenido son importantes, permítanos conocerlas para, si es el caso, tomar los correctivos necesarios, o darle trámite ante las instancias pertinentes dentro de la Casa Editorial El Tiempo (CEET). Por favor, incluya su nombre y correo electrónico para informarle del seguimiento que le hemos dado a su observación.

Los campos marcados con * son obligatorios.

*
*
*

Recordar clave

Por favor, escriba la dirección de correo electrónico con la cual se registró.