Quiérase o no, la guerra contra el narcotráfico tendrá que ser revisada. Un nuevo enfoque primará en la próxima etapa de lucha contra el tráfico de estupefacientes que abarcará desde la ingeniería de la conducta humana hasta las exigencias económicas y militares de Estados Unidos.
De acuerdo con los datos más recientes presentados por el Departamento de Estado de los Estados Unidos y la Oficina de Política del Control Nacional de Drogas de la Casa Blanca, el cultivo de coca en Colombia tuvo una caída entre el 2001 y el 2003. Pero, en los últimos cinco años el cultivo de coca ha crecido de tal manera que según las proyecciones en menos de un par de años podría superar el nivel de cultivos del 2001. Lo que ha dejado a la seguridad democrática como inútil o contraproducente en este campo.
Los estudios de las Naciones Unidas muestran que casi una tercera parte de los departamentos de Colombia tenían una parte de su territorio dedicado al cultivo de la coca (12 departamentos) en el período anterior a los gobiernos del presidente Uribe. Hoy, esa cantidad se ha duplicado y casi dos tercios de los departamentos del país tienen una parte de su territorio dedicado al cultivo de coca, 24 departamentos en el 2007. Durante este gobierno, en lugar de eliminarse nuevos cultivos, estos se han extendido hacia la Amazonia y nuevas regiones del país.
La expansión de los cultivos de coca en Colombia se debe a dos factores principales. Uno, la erradicación de cultivos produce un desplazamiento hacia otros lugares, sin que se resuelva efectivamente el problema de reincidencia del cultivo en el mismo lugar. Y dos, la rentabilidad del cultivo de coca sigue siendo mayor por metro cuadrado que la del maíz, café, yuca o plátano.
De acuerdo con otro informe de la Casa Blanca, un análisis integral más reciente concluye que el precio actual, menor a 120 dólares por gramo de cocaína pura, es 22 por ciento más bajo de lo que era en 1999 (precio mayor de 155 dólares). En el mismo período, la calidad o grado de pureza aumentó del 68 al 75 por ciento. Ambos resultados opuestos a los objetivos originales que justificaban el Plan Colombia.
Como el motor del narcotráfico es el consumo, no la producción, vale la pena señalar que a pesar de que la adicción adulta en Estados Unidos se ha mantenido en más o menos los mismos niveles, se han encontrado nuevas fuentes de consumo entre la niñez y la juventud, y en la expansión del mercado por su notable crecimiento tanto en Europa como en los países latinoamericanos.
No se puede desconocer que el reporte de este año de la Estrategia de Control de Narcóticos Internacionales proveniente de la Oficina Internacional de Narcóticos y de Asuntos de Cumplimiento de la Ley coincide con los datos anteriores. Pero, hay que tener en cuenta que el lenguaje de este reporte es de tipo diplomático y exalta hasta el mínimo esfuerzo que haga un país en la lucha contra el narcotráfico. Aún así, el reporte es directo contra el Gobierno colombiano, en el tema de la corrupción, cuando después de elogiarlo en cinco líneas y culpar de la corrupción al narcotráfico describe, con lujo de detalles y nombres propios, a los miembros del Ejército envueltos en la corrupción y asesinatos, y confirma la corrupción del Gobierno colombiano, principalmente en el Congreso y las gobernaciones.
También hay que entender cómo es que se manejan los números cuando se habla del narcotráfico. Si se dice que se confiscaron 10 toneladas de cocaína, y con el tiempo se confiscan 100 toneladas más, eso quiere decir que el narcotráfico ha crecido. Si no creciera sería imposible confiscar grandes cantidades del producto sin que el narcotráfico se afectara seriamente. En términos colombianos sería que quitarle 10 pelos o 100 pelos al gato no lo dejan calvo y que entre más pelos se le caigan, más peludo debe ser ese gato.
A pesar de que el Gobierno colombiano maneja los números como se usan en el plano diplomático internacional y, en la conveniencia política interna, eso no cambia la realidad de que el narcotráfico es un problema cada día más grande y más serio que se le sale de las manos al presidente Uribe a tal punto que le ha tocado pedir la ayuda de Estados Unidos e invitar a su ejército a que use las bases colombianas, presencia que constituye su última esperanza para contener al narcotráfico y a la guerrilla.
Para el Gobierno colombiano, desafortunadamente, Estados Unidos vive una situación similar en Afganistán, donde, con más de 90.000 soldados, la mejor tecnología antiinsurgente en abundancia y la libertad para usar todo el territorio de Afganistán como su base militar, aún así está contemplando la necesidad de enviar 40.000 militares más, como refuerzo para contener una cadena de narcotráfico y guerrilla semejante a la situación de Colombia.
El presidente Obama, sus asesores y la comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes están estudiando la posibilidad de un cambio de estrategia y de logística para incluir serias medidas para la prevención del consumo y la rehabilitación de adictos, enfocándose en las causas del narcotráfico. Esta estrategia tendría escasa incidencia en los países productores de cocaína y heroína, porque la política exterior de Estados Unidos responde más a sus prioridades y exigencias económicas y militares y no se limita solo a una guerra contra las drogas.
Según esto, el Gobierno colombiano también debería cambiar su política interna sobre el consumo de la droga y considerar seriamente que los hechos y no los números son los que al final cuentan.
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