A lo que hemos llegado: quitarle la vida a un campesino o a un joven de origen urbano para crear 'falsos positivos'. Para unos es apenas una consecuencia imprevista y no deseada de un esquema de gerencia de las operaciones militares. Para otros es la indignante conversión irrestricta de seres humanos en instrumentos para mejorar unas estadísticas, para cumplir unas metas, o -en el colmo de la precariedad humana- para conseguir un permiso para el día de la madre. Como en tiempos del fascismo alemán, seres humanos reducen a otros seres humanos a materia prima de su voluntad. Más allá de toda disculpa, de toda proporcionalidad, unos seres humanos disponen de la vida de otros seres humanos. La locura colombiana.
En los años 70 ya se había identificado algo que se llamó la "la ley de Campbell": "Entre más se use un indicador social cuantitativo para tomar decisiones, más estará sometido a presiones corruptas y más capaz será de distorsionar y corromper los procesos sociales que pretende monitorear".
En los últimos años, en el sistema educativo de los Estados Unidos se introdujeron importantes incentivos para los profesores y para las escuelas atados al mejoramiento de los resultados en pruebas estandarizadas. Ha sido muy doloroso para la sociedad norteamericana descubrir que algunos de los mayores progresos así detectados y recompensados parecen haber sido en realidad el resultado de trampas. Los escándalos empresariales de Enron y de la otrora muy reputada firma de auditoría Arthur Andersen tuvieron un origen similar: incentivos que se volvieron perversos y que terminaron corrompiendo lo que pretendían mejorar.
"Anomia" llamó Robert Merton la situación social que se produce cuando la sociedad inculca (y celebra) el logro de resultados, sin inculcar (y defender) al mismo tiempo el respeto por los límites sobre los medios empleados en la consecución de esos resultados. La anomia, más que un tema de posible impunidad legal, es un tema de impunidad moral y social. La gente parece no ver la gravedad de lo que hace; por tanto, no siente culpa y mucho menos vergüenza. Dado que no hay censura ni reprobación masiva, la culpa o la vergüenza dejan de existir hasta en la imaginación. Cuando lo único que cuenta es el resultado, es fácil que un ser humano degrade a otro ser humano convirtiéndolo en mero instrumento. Esta degradación del otro es una grave autodegradación. Es un indicio de que la correspondiente sociedad atraviesa una época de ignominia.
Por la vida, súmate y actúa.
antanasmockus@visionariosporcolombia.com
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