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Colombia entre mentiras y verdad

Se podría propagar que la intención del presidente Uribe ha sido acabar la corrupción, y podría mostrarse que los colombianos le han dado una incompetible mayoría parlamentaria para timonear todas las acciones del Congreso, incluso para crear y practicar procedimientos éticos que dignifiquen a Colombia. Pero ha sido lo contrario. Los congresistas corruptos de la mayoría de la bancada del Gobierno, que están en la cárcel o investigados por delitos contra los colombianos y la nación, logran impunemente mantener hasta sus cargos y su deseo de votar por pedido expreso del presidente Uribe, de sus ministros y colaboradores, es decir, una corrupción alcahueteada y usada para conveniencia del propio Gobierno.

Es el mismo Congreso de siempre, del que los colombianos se quejan por la impreparación, desidia y cinismo de sus representantes, pero peor. 

 En lugar de atacar la corrupción del Congreso, que se tupa con el erario público y atrasa a Colombia, el presidente Uribe ha hecho del Congreso su mejor socio y se convirtió él mismo en la realización del sueño de todo congresista: reeligirse cuantas veces el pueblo aguante. El presidente Uribe, incluso, usa el mismo argumento de los congresistas cuando su corrupción queda al descubierto: 'No soy culpable de nada y mis acciones son la realización del sentimiento popular de quienes me eligieron. Si la gente me reelige es porque hago las cosas bien'. Ese ha sido el argumento reelectoral de los congresistas, sin que se mencione en él los buses de votantes, las rifas, las fiestas, la cerveza, la comida y las promesas o las costosísimas campañas publicitarias de convencimiento. Esto, en el nivel ejecutivo, se traduce en prebendas, cargos, nominaciones y demás, fuera de su disponible manipulación mediática. Aquella parábola de vender a su hermano por un plato de lentejas es la rutina de las campañas políticas en Colombia.

Los vicios del Congreso están ahora en mancomunidad con los del Ejecutivo:

El gobierno del doctor Uribe se ve y se quiere hacer ver como uno de los mejores que ha tenido Colombia en su historia reciente,  pero sus logros parecieran esfumarse, porque hoy tenemos una distinguida  corrupción, calladamente reinante, a la que hay que sumarle nuevos e inadvertidos problemas, hasta ahora insolubles, como la inoperancia de la seguridad democrática, que permitió la expansión nacional del nuevo paramilitarismo y el surgimiento, bajo su control, de nuevas organizaciones terroristas, como las 'Águilas negras'; más el crecimiento de los intocables minicarteles privados del narcotráfico, más el nuevo auge de la delincuencia común, más la expansión clandestina nacional de las Farc y su reconocida influencia internacional.

Y qué de los casi 4 millones de desplazados internos, que son en sí una inocultable denuncia y fracaso social del Gobierno, y de la disparidad de costos e ingresos y una cadena de nuevos y mayores impuestos, para no hacer una lista muy larga, que nos muestran un Gobierno incapaz de resolver o siquiera de reconocer la desatención de estos problemas paralizantes, que hunden el desarrollo de Colombia, más vitales de atender que desaparecer a las mismas Farc.

Aquí no hay TLC ni colombiano que se salve de la nueva estructura de poder en marcha, del polvorín social que se apila diariamente, y de una economía básica, ventajosa y rentable para el inversionista extranjero, pero de creciente desempleo y costo de vida para el colombiano de a pie. Los colombianos quedamos inermes para detener el alud que se nos viene encima.

Si muchos no ven con buenos ojos, aquí y en el exterior, a un Gobierno de visos pendencieros, autocráticos y engreídos, no les echen la culpa a los enemigos del Gobierno; cuando el río suena, piedras lleva. No ganamos nada ni nos conviene continuar viviendo con la ilusión ciega de una Colombia de mentiras; mientras más pronto, mejor nos conviene comenzar a examinar y hacernos amigos de la Colombia de verdad.

José María Rodríguez González

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