Superado el desbordante entusiasmo que generó la liberación (las dudas son muchas) de Íngrid Betancourt y catorce retenidos más en poder de las Farc, las aguas vueltas a su cauce permiten analizar con sosiego tanto el significado del hecho en sí mismo como, principalmente, las consecuencias que tendrá en el inmediato futuro político del país la presencia altisonante de Íngrid.
Conviene advertir de entrada que, mal que le pese al Gobierno y a sus fuerzas armadas, y quién sabe si a la propia señora Betancourt, a ojos del más desprevenido la libertad de los rehenes fue producto de una negociación dineraria, si no con la cúpula subversiva, sí con los carceleros 'César' y 'Gafas', alistados al efecto con tecnología extranjera. El supuesto golpe de audacia y engaño a las Farc fue, al parecer, puro teatro.
Pero haya sido lo que fuere, lo cierto es que el regreso a la libertad de esos secuestrados significa un duro golpe a la conformación política y a la estructura militar de las Farc, cuya presumible y feroz reacción, sin embargo, no conviene subestimar, así Juan Manuel Santos, mi general Padilla y toda la dirigencia armada de Colombia tengan que aguantarse las ganas de posar ufanos para las cámaras y micrófonos vociferantes del mundo mediático.
Menos de dos semanas después de los hechos, los ciudadanos de a pie tenemos en las narices lecciones de todo orden, no solo de cuanto es capaz el presidente Uribe para seguir apalancando su innegable popularidad sino de cuanto es, y en particular cree ser, doña Íngrid Betancourt de cara a la inocultable crisis institucional que vive el país y a su inmediato futuro, con o sin ella en los cuadros directivos de la Nación.
Nadie niega que Íngrid es una mujer valiente y que otrora su presencia en la política nacional significó recia contestación a los corruptos. Pero de ahí a consagrarla como la única figura llamada a brillar en el porvenir inmediato de Colombia, por el mero y doloroso hecho de haber padecido el drama de un secuestro que ella se buscó, hay un trecho enorme e imposible de soslayar.
En puridad de verdad, las inquietudes intelectuales y las calidades políticas de Íngrid están lejos de señalarla ante los colombianos como la única salvación inmediata para la Patria. Ni sus condiciones profesionales, ni su trayectoria pública, ni siquiera sus atributos personales superan en nada a las de otras mujeres que no han saltado al primer plano de las noticias por no haber sido víctimas directas de la violencia pero que han hecho y hacen tarea de enorme trascendencia en la vida social y política del país.
A mí me parece extremadamente peligroso que se esté sacralizando a extremos de idolatría a doña Íngrid, más aún si se considera que, como decía hace poco Daniel Samper, sus penalidades en cautiverio no fueron más graves que las de centenares de humildes colombianos a quienes, desde luego, nadie va a liberar en negociación embozada o abierta con el esfuerzo económico y político de ciertas potencias. (Es tremendo, p. ej., el contraste entre el recibimiento en un camión de bomberos en la tórrida Guajira del soldado William Pérez y el de Íngrid en los fabulosos salones del Elíseo parisino).
Por último, no olvidemos que si la señora Betancourt dijo deber su libertad a Francia, donde sí se cree a salvo, cabe esperar que, maliciosos como somos los colombianos, ojalá antes que después terminemos admitiendo que Íngrid fue cotizada víctima de la barbarie, pero que la tragedia que aún viven muchísimos compatriotas en la manigua es lo que merece extrema atención: no el boato que hoy la rodea, y la cobijará mientras ella quiera, en los jardines de Versalles.
vimaruiz@hotmail.com
Valencia, España
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