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KENDON MCDONALD

'Comer, beber, amar'

Darío Fernando Patiño *

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Se gozaba ese trabajo que él mismo se había inventado.

Kendon McDonald enseñó a comer a muchos colombianos. Pero también dio de comer a miles. Su paso por un restaurante transformaba la suerte del lugar y su visita a una región la convertía en destino gastronómico y turístico. Este escocés, que llegó para conocer el país de García Márquez, logró la rareza de ser un crítico temido y querido. No fue ni un chef de siempre, ni un escritor de carrera, aunque fue conocido por ambas cosas.

Comenzó en Colombia dando clases de inglés y asesorando en cultura general a jóvenes reporteros del Noticiero QAP. Como Balzac (que, según dicen, escribió durante 10 años con seudónimo mientras aprendía el oficio), Kendon publicó primero en La Nota Económica, bajo el nombre de Messie Le Tangerine. Allí afiló la pluma y la lengua que, después, con su sonoro nombre, le darían fama. Metido en su amada farándula, emprendió una batalla sin precedentes por la cocina colombiana y atacó el esnobismo de la fusión y la comida internacional. Puso de moda a los chefs. Decía que si antes era una carrera a la que los padres ricos mandaban al hijo fracasado, ahora es la profesión a la que envían al orgullo de la familia. Cuando vio que se estaban 'vedetizando', los conminó a volver a lo propio, a comprar en la plaza de mercado, a capacitar a sus empleados, a respetar a los clientes. Decía que un negocio no debe tener meseros, sino vendedores. Y sacó a chefs de restaurantes de estrato 7 a cocinar para 1.000 niños pobres en Ciudad Bolívar. Tenía el propósito de crear una fundación con su nombre.

Después de una columna en la que se quejaba del poco consumo de café en Colombia, "como si los chilenos no tomaran vino", los cafeteros del Quindío me pidieron que lo invitara a Armenia para mostrarle sus esfuerzos por obtener una calidad excelente y estimular la demanda. Aprovechó y los convenció de realizar 'Quindío, Café y Sabor', un festival que le devolvió la autoestima a un departamento turístico que no sentía tener cocina propia. Kendon no solo era el asesor. Era el motor. Recorría en un fin de semana hasta 45 restaurantes en 12 poblaciones y seleccionaba los finalistas.

Al contrario de la creencia, no comía mucho: probaba mucho. Y no juzgaba solamente por su paladar, sino también por la impresión que le generaran el cocinero y su entorno. Así, en la primera edición del festival, de acuerdo con sus colegas calificadores, dio el primer lugar a una fabricante de empanadas, por encima de sitios más reconocidos. Soltó una de sus sentencias: "Aquí yo comería en el piso", para destacar la pulcritud de la concursante. Mila pasó a vender hasta 800 empanadas por día (no pasaba de 40). En su concurrido local hay dos trofeos: la canasta que usaba para ofrecer empanadas por la calle y una foto de míster Kendon.

"Un plato debe traer su discurso", afirmaba. Con eso exaltaba la historia de quien lo elaboraba, la poesía incorporada, el corazón empeñado. Y cambió al Quindío, al barrio Granada (Cali), a Villa de Leyva, a las cocineras de Buenaventura o a la propietaria de un restaurante de Envigado. Algunos dirán que murió un glotón que se cuidaba poco. Él conocía los riesgos de probar lo que le ponían al frente. Vi a señoras que a las 9 de la mañana le suplicaban una opinión sobre una jalea de guayaba y a restauranteros de Medellín que se lo llevaban a almorzar cuando el país apenas desayunaba.
Y aceptaba, por esa "voluntad de puta" de la que se preciaba y se quejaba. Lo sorprendente era que se gozaba ese trabajo que él mismo se había inventado. Claro, bebía bastante (aunque había dejado de hacerlo este año). Entretenía a su corte de amigos, de 'brujas' y de 'divas'. Pero la diferencia con el resto de mortales era que mientras los demás dormíamos largo después de comer, beber y reir, él apenas descansaba unas horas y se levantaba en la madrugada a escribir. Recordaba con asombrosa nitidez lo que había saboreado y escuchado.

Pero el sábado fue al contrario. En distintos rincones del país, los demás nos levantamos a vivir la vida y Kendon, en Cali, no despertó.

* Director de Noticias, Canal Caracol

Darío Fernando Patiño *

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