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La devaluada vida

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A Juan Guillermo Gómez Ospina
 
Nada especial tenía el celular de Juan Guillermo. Acaso un modelo similar al que llevaba el padre Gustavo García, capellán del Minuto de Dios, quien el 12 de mayo del año pasado fue asesinado mientras evitaba el robo de su teléfono móvil. O era quizás un aparato parecido al que portaba el 7 junio del 2011 Andrés Camilo Gómez, joven de 21 años de edad que se encontraba en un parque del barrio Santa Catalina, en Villavicencio, conversando con una amiga, cuando fue atacado por tres sujetos que le propiciaron dos puñaladas y le quitaron la vida.
 
El 8 de octubre, también del año pasado, una joven estudiante de 16 años, en el barrio Chuniza de la localidad de Usme, al sur de Bogotá, fue abordada por dos hombres, que luego de haberle hurtado su celular la degollaron sin más.
 
Como ellos, unos 500 colombianos han sido asesinados en los últimos años por delincuentes que iban por sus celulares y se quedaron con sus vidas. 500 lamentos. 500 familias llorando la muerte insensata de los suyos. 500 registros de prensa o quizás menos, porque cuando la agenda noticiosa del país está copada por chuzadas, prostitutas y corruptos -es decir, casi siempre-, que se pierda una vida es apenas parte del paisaje y no merece, ni mucho menos, un pequeño titular.
 
Ahora, escandalizados momentáneamente por el crimen del joven abogado en Bogotá, hay quienes dicen que lo que se necesita es poner freno al robo y comercialización de teléfonos móviles, sin darse cuenta de que el celular es lo de menos y que unas papas fritas, una mirada o una palabra a destiempo son suficiente excusa para matar por estos días en que tan devaluada está la vida.
 
Y es que para ser asesinado en este país solo se necesita estar vivo. Ningún pretexto falta. Cualquier argumento sobra. Igual resulta si se pone resistencia o no a la hora de un atraco. Si se tiene mucho o se tiene nada. Lo mismo da si es en la localidad de Ciudad Bolívar o a pocas cuadras de la residencia privada del presidente Juan Manuel Santos, como le pasó a Juan Guillermo.
 
No es que haga falta una causa; es que la vida se nos volvió tan relativa que terminó valiendo nada. Lo dijo en Twitter Juan Gaviria: "El problema no es cómo evitar el robo de celulares, sino hasta cuándo viviremos con miedo en la calle". Miedo ya no de que nos roben, ni de que nos hagan daño, sino auténtico y razonable miedo de que nos maten, porque como la vida vale lo mismo que lo que llevamos puesto, es eso lo menos que uno puede esperar.
 
Pero aún más triste que esta absurda relativización de la vida es que quienes le arrebataron la suya a Juan Guillermo sean tan jóvenes como él o incluso menores. Si nuestra juventud tiene tan pobres expectativas de futuro que le resulta lo mismo vivir 80 años que matarse a los 21, entonces tenemos un grave problema como sociedad al que le hacemos sistemáticamente el quite hablando de más policías o mayores penas para los delincuentes, como si de eso se tratara.
 
La existencia carente de sentido, o reducida apenas a la obtención de un celular, requiere una reflexión más profunda; exige replantearnos el concepto mismo de 'vida' y su valor actual; demanda que dejemos de ver el tema como un problema de clases sociales y precisa un momento de pausa colectiva porque no es posible que todo siga igual. 
 
¿Será mucho pedir que algún día en Colombia la gente solo se muera de cáncer o de vieja? ¡Ojalá que este reciente sacrificio de Juan Guillermo nos haga pensar!
 
@josemacevedom

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