El resurgir del viejo PRI
Por: ABEL VEIGA COPO |
¿Ha aprendido el PRI, Partido Revolucionario Institucional, que gobernó México durante siete décadas con puño de hierro oligarca, de sus viejos errores? ¿Estamos ante un PRI distinto y un México distinto? Doce años después, tras los sextenatos de Fox y Calderón, el PRI, el de los viejos dinosaurios del poder económico y a posteriori político regresa a Los Pinos. De la mano de Peña Nieto, cuarenta y cinco años, acusado por unos de ser un político vacío, pero que no solo se ha hecho con las riendas del partido, sino también del país. ¿Por qué México otorga de nuevo su confianza, su presente, pero sobre todo su futuro, al PRI? Ganó las elecciones, pero 'sin carro completo', el añejo término que certificaba abultadas y abrumadoras mayorías absolutas en todas las elecciones en liza la jornada electoral. País, estados o gobernaturas, alcaldías, etc. Algunos temen la restauración autoritaria del régimen priísta, santo y seña de identidad de otra forma de gobernar que hoy México probablemente no acepte ni tolere. 'Yo soy 132' era y es el mensaje de una juventud y ciudadanía cansada de hastío político, de formas anacrónicas y anodinas y de la pasividad corrupta de dirigentes y partidos. Los resultados anticipan una mayoría de gobierno limitada, lo que obligará al Presidente a buscar acuerdos, a transar las reformas que un país emergente como México necesita para conquistar su futuro.
Las elecciones también arrojan otras claves. La izquierda, hoy más moderada que hace seis años de López Obrador, a quién muchos ya habían amortizado en su nueva carrera presidencial, sigue como segunda fuerza política, arrasa en el distrito federal y uno que otro estado, pero permanecerá lejos del poder. Avanza y gana peso, pero sigue en la oposición. Acusan de nuevo de fraude, de manipulación, de irregularidades. También de la falsa equidistancia de los medios, sobre todo televisivos, hacia su candidatura. Idéntico reproche hace el movimiento 'Yo soy 132', nacido en la 'Ibero', una de las cunas de la universidad privada mexicana. El PAN del hasta ahora presidente y representado por Vázquez Mota sufre un revés extraordinario, pagando la candidata no solo clamorosos errores de campaña sino la desilusión y el desastre de gobierno de Calderón. Miseria, corrupción y sobre todo violencia se han multiplicado exponencialmente bajo su presidencia. Las desigualdades sociales son un cáncer que sigue corroyendo al país, miseria, pobreza, marginación, educación, sanidad es algo que para muchos mexicanos es inalcanzable.
Nieto habla de unidad, reconciliación, democracia. Debe ser algo más que el obligado eslogan de la victoria electoral, del discurso del agradecimiento. Ahora hay que plasmarlo en un programa de gobierno que no se ha presentado al electorado, como tampoco se hace en otros países. Los retos son titánicos para el nuevo Presidente. El primero, que no vuelva a cuestionarse como hace seis años la legitimidad de la presidencia y que se disipen las dudas y denuncias sobre fraude e irregularidad electoral que anuncia Obrador. El segundo, frenar la locura de violencia y guerra total entre cárteles y narcos en un momento donde el ejército ya no la contiene. El tercero, lograr acuerdos para acometer las reformas estructurales que el país necesita, educación, fiscalidad, mercado de trabajo, energía, privatizaciones, sanidad, etc. El nuevo Presidente electo blasonó su apuesta por "una renovada economía de libre mercado, pero con sentido social. Una economía que genere empleos y distribuya mejor la riqueza, para combatir la pobreza y la desigualdad que aún agobian a millones de mexicanos", solo al final de su mandato sabremos si ese sentido social se traduce o no en justicia, oportunidades, igualdad y libertad. Dejemos los eufemismos para los hechos concluyentes. Retos hercúleos en un país que crece, a ritmo lento pero que crece, y emerge con voz propia y peso en el escenario internacional, pero sobre todo latinoamericano. Hoy la pobreza en México significa y plasma su rostro sobre la mitad de la población -más de un 46 por ciento-, las desigualdades sociales, la conquista de ciertos derechos sociales e individuales de los mexicanos, el acceso a la educación, la sanidad, etc. son huellas cual cicatrices y desafíos que el nuevo Presidente no debe ignorar, pero tampoco ahondar.
No sabemos si el viejo partido de oligarcas y todopoderosos dinosaurios ha cambiado o no, pero sí que México ya no es el mismo de la década de los noventa, de los Salinas, de los Zedillo. Es otro país. El mismo que contuvo la respiración cuando en 1994 en Tijuana una o varias manos asesinas -pero teledirigidas desde las entrañas del poder, como luego se evidenció- asesinaron a Luis Donaldo Colosio. Este, días antes del asesinato (23 de marzo), en su discurso del 6 de marzo ante una agolpada muchedumbre, proclamó: "Veo un México con hambre y con sed de justicia. Un México de gente agraviada por las distorsiones que imponen a la ley quienes deberían de servirla. De mujeres y hombres afligidos por abuso de las autoridades o por la arrogancia de las oficinas gubernamentales... nos avergüenza advertir que no fuimos sensibles a los grandes reclamos de nuestras comunidades; que no estuvimos al lado de ellas en sus aspiraciones; que no estuvimos a la altura del compromiso que ellas esperaban de nosotros. Tenemos que asumir esta autocrítica y tenemos que romper con las prácticas que nos hicieron una organización rígida. Tenemos que superar las actitudes que debilitan nuestra capacidad de innovación y de cambio". Con estas palabras, Colosio marcaba un camino que otros truncaron. ¿Querrá y podrá, le dejaran hacer a Peña un camino de reformas y de igualdades?
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