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El amor en una patria triste

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Ha pasado poco más de un mes. Rosa Elvira Cely dejó rápidamente de ser un símbolo en contra de la violencia de género para convertirse en otro número, en otra cifra que se suma a tantos horrores que inmolan y endurecen los corazones de una sociedad sumida en el constante acto del olvido. Mientras un nuevo escándalo florece ya, protagonizado por los mismos sinvergüenzas de siempre, los colombianos hacemos oídos sordos y no despertamos a una realidad que se muestra cada vez más cruel y desesperanzadora. Y no hablo de nuevos casos de violencia o de corrupción, ni de 'micos', ni de los monos a los que ya estamos acostumbrados y que ocupan las primeras planas de todos los diarios y noticieros. No. Hablo de esas noticias que pasajeramente, como Rosa Elvira, se mencionan y comentan por no más de unos cuantos días, pero cuyo trasfondo representa una fiel imagen, una fotografía triste, tal vez en blanco y negro, de los rostros impasibles, amorfos de cientos de monstruos que habitan en esta, la sociedad de la indiferencia y el olvido.
 
Hoy quisiera dedicar esta columna a hablar brevemente de una de esas noticias que a simple vista carece de importancia, pero que nos ilustra claramente el camino que estamos tomando como sociedad.
 
Algunos recordarán que unos días antes de que Rosa Elvira Cely se convirtiera en una trágica historia de violencia -que una población no muy grande rechazó públicamente-, unos ciudadanos normales y un uniformado, de esos que viajan a diario en TransMilenio, rechazaban sorprendentemente lo que considero es la única cura, la salvación absoluta para Colombia. Ante una de las formas más puras de manifestar el amor (un beso y un abrazo), un policía, respondiendo a las quejas de ciudadanos inexplicablemente escandalizados, expulsó de la estación a dos mujeres que expresaban de forma abierta su cariño.
 
Que quede claro que no es de mi interés discutir el reiterativo y aburridor tema de la discriminación contra unas minorías que cada vez, con sus exigencias, discriminan más a las mayorías, sino que quiero concentrarme en el rechazo público y en la sanción al destierro que se hizo por un simple acto de amor.
 
Sé de decenas de historias sobre guerras épicas cuyo origen es el romance, en ocasiones prohibido, en otras no, entre dos humanos. He leído que un hombre de Occidente, en medio de su locura, cabalgó gallardamente en busca de aventuras dedicadas a su inexistente amante, y que otro, de Oriente, perdió el juicio y la cordura con tan solo ver una pintura de la mujer que en adelante amaría. Sé de cuentos y toda clase de epopeyas que se han escrito en nombre del amor y he visto cientos de películas que  recrean las más puras historias que nos hacen enjugar lágrimas de tristeza o alegría, porque se murió esta a quien el otro amaba, o porque al final, después de tantas peripecias, la pareja quedó por siempre unida. Nadie puede negar que los poemas más bellos dedican sus versos al amor, o que la búsqueda de todo ser humano, en este mundo, siempre gira en torno a este mágico y aún inexplicable sentimiento. Pero lo que nunca había leído, ni escuchado, ni visto, ni imaginado es sobre una tragedia como de antaño, digna de ser escrita, donde el amor, en medio de una desenfrenada ola de violencia de más de medio siglo, parece una aberración que debe ser castigada.
 
Una sociedad en la que algunos de sus ciudadanos piden que se castigue un beso, sea entre un hombre y una mujer, entre dos del mismo sexo o, incluso, entre un animal y un humano, como tantas veces para mi pesar he presenciado, por tacharlo de inmoral u obsceno, es una sociedad que padece de una gravísima enfermedad emocional y hasta mental. Enseñar a discriminar desde la ética las demostraciones de amor, en vez de resaltarlas, es un signo inequívoco de una patología colectiva del desarrollo del afecto. Que me perdonen los moralistas que se las dan de muy santos, pero si algo necesitan Colombia y sus ciudadanos es que haya más expresiones de amor, ojalá públicas y de ser posible en frente de cuanto niño haya por ahí, para que todos, la gente, nosotros, que estamos cansados de noticias negras con cierto tinte amarillista, empecemos a darnos cuenta de que acá, en Colombia, también hay lugar para el amor, para los abrazos y los besos, y que no solamente le prestamos atención a la violencia, al terrorismo, a los odiosísimos políticos y a la guerra.
 
Qué necios, qué tontos somos, pues no notamos que si ha de haber choques y forcejeos, enhorabuena que sean entre dos lenguas; que si ha de haber roces entre ciudadanos, que sean entre dos pieles que se desean; y que si ha de haber violencia, que sea para arrancar de un tirón apasionado y mutuamente consentido la incomodísima ropa que tanto nos separa y nos hace ver tan diferentes (finalmente, sin ropa todos somos iguales). La única forma de curar esta terrible enfermedad que nos consume desgarradoramente como sociedad, es salir en masa a besarnos y a abrazarnos y hacer el amor repetitivamente, de tal forma que empecemos a olvidar que lo que nos define como país es la violencia que se respira día a día. Tal vez si empezáramos a hacer un poco más el amor y no la guerra, como dice esa canción de Lennon, no habría tantos monstruos como el que convirtió a Rosa Elvira en una cifra más y como los otros muchos que, indiferentes, acostumbrados, pensaron que estos horrores en Colombia son algo común, normal, de todos los días, y que un beso de amor entre dos mujeres es una pena, una falta profunda a la moral y las buenas costumbres.
 
arturo_arg@hotmail.com

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