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Escaleras de la discordia

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La buena noticia es que al Teatro Colón de Bogotá -elegido por los lectores de este diario como una de las siete maravillas de Colombia- finalmente le han descubierto desde hace un par de meses la nueva fachada. La mala noticia es que se trata precisamente de una nueva fachada, porque la diseñada por Pietro Cantini -el arquitecto italiano llamado a realizar esta bella obra en 1885- ha sido modificada dramáticamente.

Pareciera que nuestros avezados restauradores del siglo XXI -aquí desde la lejana Colombia- han decidido archivar dos de las tres máximas consignadas por Vitruvio en su De Architectura: la Belleza (Venustas), la Firmeza (Firmitas) y la Utilidad (Utilitas). Se trata de los mismos principios que llevan inspirando la arquitectura occidental desde hace dos mil años y que Cantini -sin ser ningún Miguel Ángel- tenía bien presentes cuando nuestro gobierno lo llamó a realizar esta memorable joya en estilo dórico toscano.

¿En qué ha cambiado la fachada de nuestro añorado Teatro Colón? Bueno, pensando solo en la Utilitas, alguien decidió que había llegado la hora de facilitarles la salida a los espectadores construyendo sobre la calle una gigantesca escalera de piedra (por supuesto inexistente en el diseño original de Cantini) que no solo afecta irremediablemente la fachada del teatro, sino que le abre una herida mortal a la armonía de la calle 10, quizás la más bella de la ciudad.

Invito a los lectores a bajar por esta empinada calle que arranca desde el barrio Egipto hacia el occidente -con nombres tan sugestivos como 'El Calvario', 'La Fatiga'- pasando por la plaza de Bolívar y que llega hasta la estación de la Sabana. Notarán con claridad algo parecido a un gigantesco trampolín de piedra, perfecto para hacer saltos acrobáticos en skateboard. Pues se trata del único elemento que ofende la otrora línea recta de la calle, donde se asoman con sobriedad colonial, desde hace cientos de años, las casas más bellas de la ciudad.

Si el paseo lo hacemos subiendo hacia oriente, el adefesio de la escalera es todavía peor. Parece una minipirámide de Tenochtitlán, con ocho desafiantes peldaños que no llegan a ningún lado. Porque, claro, al haber construido una escalera de semejante tamaño en una calle empinada, por el costado occidental, esta mide dos metros, mientras que por el lado oriental mide cero. Precisamente -lo que con gracia vitruviana- Cantini quiso resolver al meditar sobre el desnivel de la calle.

Este ejemplo de exótica restauración criolla me recuerda una divertida aria de los argentinos Les Luthiers: Voglio entrare dalla finestra e cantare quest'aria maestra... ¡Porque sí, la escalera en cuestión terminó recortando la altura de las puertas principales y ahora estas miden menos que los ventanales del segundo piso! De suerte que la sensación que se probará (al cabo de esta sufrida y eterna "restauración") será como entrar al Teatro Colón por una finestra.

Como cualquier ciudadano de a pie, nos preguntamos aterrados qué se toman los arquitectos restauradores cuando se reúnen para discutir estas obras. ¿El comité que decidió este esperpento fue acaso el mismo que decidió empañetar de blanco las fachadas del Museo Colonial, primera sede del Parlamento granadino? Alguien me dijo que era necesario hacerlo, pues originalmente este edificio del siglo XVII estaba empañetado y no en piedra a la vista, como los bogotanos nos habíamos acostumbrado a verlo desde hace siglos. ¡Con el mismo argumento, los parisinos deberían tumbar la torre Eiffel, pues está demostrado que en su lugar existía un hermoso parque!

Por estas desatinadas escaleras y por otras perlas arquitectónicas, muchos andamos con "dolor de ciudad". El destierro de la Belleza y de la Firmeza vitruvianas del centro histórico de la ciudad por una mal entendida Utilidad parece inexorable. En la lista de nuestras dolencias nacionales no deberíamos subestimarla, pues si la Feúra es preludio de la Violencia, la Belleza y la Armonía bien podrían ser un augurio de Paz.

CAMILO AYERBE POSADA

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