Suerte, rector
Por: FERNANDO SÁNCHEZ TORRES |
En sesión austera, llevada a cabo en la casona colonial Claustro de San Agustín, tomó posesión del cargo de rector de la Universidad Nacional (UN) el profesor Ignacio Mantilla Prada, para un periodo de tres años. Sucede al doctor Moisés Wasserman, quien durante dos periodos consecutivos adelantó una meritoria gestión.
Desempeñar la dirección de la más importante institución de educación superior del país, además de ser un honor, apareja un inmenso reto, pues pone a prueba las dotes académicas y administrativas de quien la asuma. El Consejo Superior de la Universidad escogió a la persona que consideró más apta para ello. Quienes amamos a nuestra Alma Máter, elevamos votos por que esa grave decisión haya sido la mejor.
El nuevo rector inicia su mandato en momentos difíciles para la institución, como que ha sido casi una constante histórica. No fue sorpresa entonces que en su discurso de posesión lanzara un SOS angustioso: la UN necesita, con carácter urgente, un salvavidas para evitar el naufragio. En efecto, el asunto neurálgico es presupuestal, de números, fácilmente entendible por el profesor Mantilla, matemático de alto vuelo.
Si el Gobierno espera que la UN navegue en aguas de la excelencia -como debe ser-, tendrá que proporcionar los recursos necesarios para apuntalar la planta física, que amenaza ruina; para actualizar los laboratorios y con ello impulsar la investigación; para reforzar el cuerpo docente con magísteres y doctores, como lo exige el Consejo Nacional de Acreditación. Además, si se pretende que los cupos se amplíen, habrá que costear los requerimientos que tal medida trae consigo.
Es inevitable que el Ministerio de Hacienda haga acto de presencia y posibilite la supervivencia digna de la Universidad. Los ofrecidos 150.000 millones para ser repartidos entre todas las universidades públicas, en muy poco solventarán la situación.
Otro problema que tendrá que capear el rector será la manida utilización del campus y de las calles aledañas como escenarios de disturbios politizados, a cargo de estudiantes entremezclados con gente ajena al claustro. Los bochinches en la Nacional, además de empañar la imagen institucional, entorpecen el transcurrir académico. En efecto, es absurdo que el rector tenga que malgastar el tiempo apagando incendios.
Otrosí: una cuestión delicada, que ha venido incubándose desde hace años en la Facultad de Medicina, y que está a punto de hacer erupción: la carencia de hospital propio -como lo tuvo antes- y que ha llevado a que la calidad de los programas académicos que ofrece resulten siendo un engaño. En el 2011, los estudiantes, en un acto de honestidad admirable, sacrificaron pacíficamente un semestre de su carrera para llamar la atención de las directivas y exigir que no se siguiera dando largas a la solución definitiva del problema. Los que lo conocemos de cerca hemos abogado por que se rescate el Hospital San Juan de Dios, pues sería, por múltiples razones, la fórmula más acertada.
En algún momento, el presidente Juan Manuel Santos alimentó públicamente esa esperanza, desvirtuada luego por la Ministra de Salud al declarar que ese no era asunto prioritario de su despacho. En contraste, el alcalde Petro y su diligente Secretario de Salud mantienen firme el ofrecimiento de revivir el San Juan y además de poner a funcionar la Clínica Santa Rosa -propiedad de la UN-, como parte de la red hospitalaria del Distrito. Viéndolo bien, no es descabellado recomendar al rector y al Consejo Superior que analicen con atención la propuesta, pues se muestra como opción conveniente para los intereses de la UN. Si los gobiernos nacional y distrital se pusieran de acuerdo, sería más fácil y rápido darle fin a tan lamentable situación.
Buena suerte, profesor Mantilla.


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