Valor y precio de un soldado

Valor y precio de un soldado

Los colombianos hemos escogido para enfrentar al enemigo un conjunto especial de nuestra población: parte de esa otra Colombia, rural y distante, la de mayores dificultades y menor educación, y por tanto la más difícil de justificar en su tarea de defender a la otra.

08 de agosto 2016 , 04:55 p.m.

Corría el año 2011 cuando el consejo de ministros del gobierno de Benjamin Netanyahu decidió, en contravía de la ultraderecha (y de la tradición), canjear con Hamas un contingente de 1.027 presos palestinos recluidos en sus cárceles, algunos de ellos condenados a varias cadenas perpetuas, por el cabo israelí Gilad Shalit, retenido desde hacía cinco años.

Resulta oportuno recordar que los acercamientos del caso fueron adelantados por la derecha israelí en el poder, y oportuno también señalar que difícilmente haya algo que enseñarles a los israelíes en negociación y estrategia militar, y mucho menos sobre el sentido de pertenencia y reconocimiento, que los ha hecho singulares a lo largo de su dura y larga historia.

No obstante, este misterioso intercambio se realizó en etapas por parte de Israel, que honró el pacto aun con posterioridad a la primera entrega del casi medio millar de prisioneros palestinos que condicionó el retorno de Shalit al seno de su familia.

El desliz aritmético sin duda fue considerado un despropósito en términos de negociación. Pero la ecuación ha sido formulada con la debida claridad por esa nación en permanente estado de guerra: sus soldados deben saber lo que su país está dispuesto a hacer por ellos.

En Israel, el servicio militar es obligatorio durante 36 meses para los hombres y 24 para las mujeres; sin “recurso de consideración” a amistades poderosas en las esferas políticas, militares o médicas, salvo excepciones incapacitantes. En consecuencia, un país en que la defensa es asunto de todos tiende a valorar de forma solidaria a sus efectivos. Tal vez porque puede tratarse de sus hijos, hermanos o amigos, y por eso un soldado vale y se llora lo mismo que uno de ellos. En eso consistió el “enigma” transaccional del caso Shalit.

En Colombia no entendemos ese intercambio, porque en países cuyas tropas no son representativas de toda la sociedad resulta impensable “dejarse tumbar” de esa manera. Aquí, hablar de “uno por mil” parece admisible solo en boca de un ministro de Hacienda y en alusión directa a algún sofisma tributario. Porque es innegable que los colombianos hemos escogido para enfrentar al enemigo un conjunto especial de nuestra población: parte de esa otra Colombia, rural y distante, la de mayores dificultades y menor educación, y por tanto la más difícil de justificar en su tarea de defender a la otra.

Esa “población distinta” está compuesta en buena parte por el linaje de los soldados regulares o “régulos”, que es el término utilizado para señalar a los individuos que por gracia de la tradición han sido escogidos para cargar el peso de un conflicto que obligadamente heredarán sus hijos y nietos, de la misma forma que seguramente lo heredaron de sus padres y abuelos, si no logramos detenerlo. Ese linaje que parece estar a toda hora en “promoción”, como si fuera lo más barato de la sociedad y, por tanto, resultara prescindible. Ese linaje sin dolientes que, tocado por el infortunio de las balas o las minas, en condición de discapacidad se ve obligado a recurrir a la piedad de las instituciones y de la misma sociedad que defendió.

La gran sorpresa es que el discurso incendiario y virulento con que los sectores más reaccionarios al proceso de paz acostumbran a ponderar su valor y su sacrificio suele quedarse en la más cómoda de las calenturas. Entiéndase, en la ilegítima apropiación de ese dolor al tiempo que recauda exitosamente sus rentas políticas. Eso sí es saber de negocios.

Cuando esa reacción alienta el odio y la desesperanza denunciando los niveles de impunidad que le endilga al proceso de paz, está proponiendo un tipo de negociación que muy posiblemente admite la perpetuación del conflicto sin reparar en cuántos soldados cueste.

A diferencia, la solución negociada de un conflicto pondera la vida y la integridad en un nivel muy alto, aun cuando el costo de liberar enemigos resultara desfavorable, como en el caso Shalit. Con mayor razón si se trata de “liberaciones” que, en su gran mayoría, no están precedidas por la respectiva captura, como en Colombia. Pero ya lo advertía Antonio Machado en Proverbios y cantares: “… todo necio confunde valor y precio”.


Diego Rengifo Lozano
Profesor universitario
drengifol@hotmail.com

Columnistas

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